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Violencia

Foto: Tomada de internet. Cortesía de Gloria Menjívar (El Salvador)

 

Las imágenes de la televisión me la muestran. Se llama Aracely; apenas tiene 25 años y es argentina. A esta otra la veo en facebook; su nombre es Majela, apenas llega a los 20 y es de México.

Dos visibles en un día. Aracely está muerta y el asesino ocultó su cuerpo en una casa abandonada. Dice su padre que el principal sospechoso obtuvo ayuda de la policía para plantar evidencias falsas y así burlar a la justicia. De Majela nada se sabe desde hace unos cuantos días: salió de su casa con rumbo a la escuela y nadie la ha vuelto a ver. Su familia y amigos la buscan, aunque saben que la posibilidad de hallarla con vida es remota.

Mujeres en fosas comunes; mujeres raptadas para el comercio de órganos; mujeres muertas en el ámbito cerrado de su hogar; mujeres usadas como vaginas de alquiler… América se retuerce en pérdidas de vidas femeninas. “Ni una menos” se llama la campaña que desde el Cono Sur viene subiendo y reclama que no falte ninguna, que estén todas, que puedan sonreír.

Al leer la prensa o ver los noticieros, cualquiera podría pensar en un mundo desquiciado y atroz. Ser mujer se ha convertido en algunos lugares algo extremadamente peligroso. Salir sola a la calle vistiendo faldas es más letal que atravesar un bosque con una caperuza roja en la cabeza.

Violencia de género le llaman. Y nadie escapa. En Cuba también la tenemos. No llegamos a los extremos del asesinato continuado, ese que se muestra en las crónicas rojas de los grandes diarios pero ahí está, solapada o palpable, disfrazada de tules o completamente desnuda. Y habrá quien me tilde de loca, de epidérmica o malintencionada porque ¿cómo vamos a tener violencia contra las mujeres en una isla donde la mayoría de la fuerza altamente calificada es femenina y las universidades tienen más muchachas que varones? ¿Aquí violencia, si nadie impide a las mujeres trabajar por el mismo salario que los hombres y encima ellas ocupan muchísimos de los puestos de dirección más importantes?

Pues resulta que sí, lector, lectora. Padecemos un alto índice de violencia de género. Le pongo varios ejemplos demasiado sabidos.

En la casa ella se desgasta mientras él ve tranquilamente un partido de fútbol o béisbol. Ella cocina, está al tanto de la tarea escolar de los niños, ve que la abuela esté bien alimentada y limpia, saca la basura, friega. Todo a la vez. Él le pide desde su sillón el vaso de agua, el café; grita que controle el escándalo de los muchachos. Ella pasa el trapeador y él se levanta, le camina por el suelo mojado sin ninguna consideración y sacude la ceniza de su cigarro, que va a parar a ese pedazo que ya ella limpió.

Ella cobró hoy, y él ya se quedó con todo el contenido de su monedero sin dejarle apenas el dinero del transporte para dos o tres días: el resto tendrá que pedírselo casi de rodillas porque para eso él es el hombre, quien lleva las riendas. Ya se encargará él de comprarle lo que ella necesita, y lo hará después de muchos ruegos y cantidad de interrogatorios, porque vamos, ¿puede ella explicar para qué quiere un creyón labial si no es para lucirle a los demás machos?

Él llega tarde. En su ropa un perfume ajeno delata que no fue jamás a esa reunión donde dijo estar. Llega con mucho mal humor y simulando agotamiento; tiene un persistente olor a alcohol, pero le grita a ella porque la comida está medio fría ya y hay que calentarla para que él la engulla, o todavía ella no ha empezado a lavar la camisa que acaba de quitarse. Entonces le dice puerca, que no sirve, que cualquier mujer es mejor que ella, que él no sabe cómo la soporta. Y ella se traga las lágrimas para que él no siga vociferando, no vaya a ser que los vecinos se enteren o se despierten los niños.

Ella tiene una hija de 13 años y ha vuelto a casarse. La muchachita está espigando y su juvenil frescura atrae. Tiene muchos amigos porque es simpática, pero el padrastro, de un tiempo a esta parte, se ha erigido en cancerbero y cela a la adolescente como si se tratara de un novio despechado. Le prohibe salir, reunirse con muchachos, ponerse ese vestidito corto, hablar por teléfono, bailar porque parece una cualquiera. Ella, la madre, trata de defender los derechos de la hija y recibe una andanada. Y las dos palabras más suaves que escuchará serán “mala madre”.

Él empieza a discutir. Cualquier pretexto es bueno: cinco minutos después de las cinco y dónde estabas. Ella aduce que el transporte está malo, pero él no la escucha; se le encima con los puños cerrados, le barbota insultos a la cara mientras las venas del cuello se le hinchan. Ella se indigna. ¿Por qué él le hace esto? Y no puede terminar la pregunta. El puñetazo le deja un enorme moretón en el rostro. Después él vendrá a disculparse con ademanes de pecador arrepentido y la acariciará hasta la siguente paliza.

Son hechos tan habituales, tan de costumbre, que casi no solemos reparar en ellos.Y para justificarnos decimos que cada quien en su casa se maneja como buenamente sabe y puede, además “entre marido y mujer…” El final del dicho esconde una desidia atroz que alimenta a la violencia como el agua a una planta.

Pero estos ejemplos no son los únicos que muestran la violencia diaria que cargan las mujeres. Hay violencia también de otro tipo. La mirada que te arranca la ropa del cuerpo sin tu permiso es violencia. El piropo procaz es violento. Esa pelvis masculina demasiado próxima a tu cuerpo en el transporte público es violencia. La insinuación del superior jerárquico y la consabida represaria posterior si no es complacido, es violencia. Como también lo es el que ellas tengan que viajar de pie en el ónmibus mientras ellos, sentados, miran por las ventanillas.

Y la mujer, muchas veces, se halla inerme. Las Casas de la Mujer y la Familia, a lo largo de la isla tratan de hacer lo suyo en contra de esta mala costumbre social, tan arraigada, pero es la tarea de Sísifo. No es tan fácil cambiar mentalidades, habitos patriarcales: se necesita empezar por lo profundo de la casa para después llegar afuera y son precisamente las mujeres los sujetos activos que lograrán ese cambio. Cuando se destierre para siempre la educación sexista; cuando las mamás enseñen parejamente a sus hijas e hijos a manejarse en la casa; cuando se exija de los varones el respeto a la niña; cuando la dignidad del ser humano sea algo invaluable e inviolable, comenzará a hacerse la luz.

Mientras eso sucede, las mujeres caminan hacia adelante y muchas veces piensan que necesitan compartir con un hombre que todavía no existe, mientras ellos se empeñan en tener a una mujer que ya no existe.

 

 

 



Pérez-Castro

Escritora, narradora, ensayista, guionista radial. Miembro de la UNEAC. Miembro de Honor de la Asociación Hermanos Saíz (AHS).


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