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Viaje a las puertas de la Historia

Foto: Reynaldo Pérez Labrada

Noviembre es un mes mágico. Comienza a ceder el rudo calor del verano insular; el sol se mantiene hermoso, pero ya no es el chorro de plomo fundido que nos atenaza la piel y nos convierte en seres que buscan a toda costa la sombra salvadora. Se insinúa la timidez del invierno, que entre nosotros no es sino el deseo de sacar del fondo de los escaparates aquellas ropas que nunca nos ponemos, porque hay que estar loco para traer bufandas con estos calores…

En noviembre la Historia parece haber elegido sus momentos predilectos. Ha sido así también para nosotros, los trabajadores y artistas de la Asociación Hermanos Saíz de Camagüey.

Ayer salimos con rumbo al norte de la región oriental. Vamos a Holguín. Muchos de quienes integran el grupo de 37 aventureros nunca han puesto un pie en esta ciudad de calles rectilíneas, montones de parques y vida sosegada. Pero el paso por la cuna de Calixto García es un mero pretexto: a nosotros nos hala el camino. Es Birán, el mítico rincón donde se yergue el símbolo, el pedazo de Cuba que nos tiene en ascuas.

Cuando hace ya un par de años tuve por primera vez entre mis manos el grueso volumen titulado “Todo el tiempo de los cedros”, no supuse jamás que la lectura primera −esa de la voracidad y la impaciencia− y la relectura posterior, la del paladeo, cobrarían forma este 10 de noviembre. En el libro, el batey de Manacas −o Birán, porque es el mismo sitio−, la propiedad de don Ángel Castro Argiz, aparece como protagonista; las personas no son sino meros añadidos a un escenario mágico, surgido a la orilla de un río entre cedrales.

Y entre las personas que hacen de Birán lo que es (la abuela Dominga; Lina y su olor a cajas de tabaco; los hijos nacidos en el altillo de la casa grande, abierto a los cuatro vientos), anda por todas partes la figura de ese hombre inmenso y tan querido por todos: Fidel.

Hemos llegado al sitio después de una hora larga de rodar caminos. Nos recibe un paraíso: casas limpias pintadas de azul y blanco algunas; otras de amarillo; la gallera de troncos de maderas preciosas; los bohíos de yagua y cujes de los haitianitos, que en el libro parecen misteriosos y recónditos, pero en la vida auténtica resultan estar casi frente a frente con la casa principal; el panteón de mármol con su serafín meditabundo y sus rosas de bronce indicando el sitio de descanso de los Castro-Ruz…

Ahí está, entero, el escenario de “Todo el tiempo de los cedros”. La casa del telegrafista, el correo, la casita de la maestra, la escuela, el hotel, el bar La Paloma, la carnicería. Por la grama andan libres carneros y gallinas. Es como si todavía el batey de Birán palpitara con la existencia cotidiana de sus fundadores. Y de hecho palpita, porque don Ángel no pasea su bastón y su tabaco por el antiguo Camino Real de Cuba, ni Lina ensilla el potro o conduce el “trespatás” de madera bruñida, pero están aquí, y nosotros los sentimos con esa presencia que tienen los que nunca mueren.

Nos recibe una guía gentilísima y nos pasea por todos los rincones, mientras nos narra lo que se puede leer en el libro, pero es la suya una narración plena de amor. Nuestra guía también es descendiente de algún trabajador del batey de don Ángel.

La escuelita pública número 15 nos parece un sitio de juguete, con sus pupitres de hierro fundido y madera pintada de gris, sus imágenes de héroes y sus fotos familiares. Tiene las ventanas de par en par, como para que se metan por ellas el viento y el trino. Y en primera fila, el lugar donde antaño se sentó el Comandante y que a nosotros se nos antoja pequeñísimo e incapaz de resistir el peso del gigante que una día lo usó.

A mí me parece que he traspasado las fronteras de lo maravilloso, que me está entrando la Historia por los poros. No sé qué sentirán mis compañeros. Los veo andar en silencio −a ellos, capaces de armar bullicios y risas en cualquier momento−, con los ojos abiertos hasta más no poder. Los veo estremecerse, aunque alguno después no quiera reconocerlo y diga que fue solamente un calofrío. Yo sé que todos estamos tocados por la magia, esa capaz de hacernos entender de una vez y por todas los misterios de esta Isla nuestra, insobornable.

Se nos cierra la casa de La Paloma, la que don Ángel hizo erigir para su hijo Fidel, en la esperanza de que el flamante abogado regresara a su cuna a defender los intereses familiares. Las abejas tienen la culpa de que no hayamos podido ver el cuarto del hijo favorito, ese que tantos dolores de cabeza ha dado al padre con sus afanes de hacer de Cuba un sitio más vivible.

Pero en cambio, sí podemos escudriñar los rincones de la casa grande, pasearnos por la gallera, asomarnos a la estación de telégrafo, hacer montones de fotos. Y tomar el agua de Birán, que se nos antoja la más sabrosa del mundo después de padecer aquella otra de Holguín, medio salada e incapaz de aplacar la sed.

Y el colofón de nuestro viaje ocurre bajo la sombra del algarrobo gigantesco. Cuenta nuestra guía que a Fidel le encantaba encaramarse a estudiar entre las ramas llenas de curujeyes porque decía que allí le fluían mejor las ideas. Es este un árbol de más de 150 años, testigo de todo el tiempo de don Ángel, sus hijos y su amor por Cuba.

Bajo la sombra nos congregamos y Yunielkis Naranjo, nuestro presidente, habla. No estamos aquí por el simple gusto de palpar, oler, degustar la Historia. Hasta aquí hemos llegado para sellar un pacto: cuatro de nosotros reciben hoy sus carnés de militantes del Partido Comunista de Cuba. Este es el mejor de todos los lugares para adentrarse en el camino que espera: el Camino Real de Cuba. Y en las gargantas está el nudo que no permite casi respirar, y hay que ponerse fuerte para que no salga la gota salada de los ojos porque allí está Aimé Amargoz, la periodista, con su camarógrafo…

Yo no sé… ¿Les sucederá a los otros 36 lo mismo? No quiero irme. No quiero dejar Birán. A lo mejor es el agua que bebimos (según nuestra guía, esta es un agua que amarra), o el aire límpido y con olor de cedro joven. A la partida muchos miran hacia atrás. Y yo siento −no es una exageración− que me despide un sabroso perfume de naranjales.



Pérez-Castro

Escritora, narradora, ensayista, guionista radial. Miembro de la UNEAC. Miembro de Honor de la Asociación Hermanos Saíz (AHS).


3 thoughts on “Viaje a las puertas de la Historia

  1. Gloria Menjívar Morales.

    Tengo la fortuna de ser amiga de Mariela Pérez Castro, y sé de su pasión por las letras, mismas que al leer, las disfruto tanto que me transporto a mundos llenos de historia.
    También he tenido la oportunidad de visitar Cuba en varias ocasiones y en uno de esos viajes, mis amistades cubanas me llevaron a Birán, a conocer la casa del gran Fidel Castro, tuvimos intercambio de fotos con Mariela este fin de semana y nos emocionamos ambas.
    Me llevó nuevamente a ese lugar tan lleno de historia, mágico…Dónde sientes que estás en la época al ver intactos los recuerdos…al sentir esa vibración… al respirar el mismo aire que alguna vez respiró la familia Castro.
    Mariela…desde mi país, El Salvador, país amigo, hermanado con Cuba, te envío mis abrazos y mi cariño, así como el respeto profundo que siento por el maravilloso pueblo cubano.
    Te quiero mucho…

    Gracias por ese viaje, que nos narras y nos llevas contigo…

    Glo.

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