merolico

Un tesoro contable

foto: Tomada de Google

Releer es un ejercicio interesante. El libro escudriñado tiempo ha, se redimensiona, cobra existencia nueva; abre caminos que a veces parecen inútiles u otras veces nos muestra chispazos, visiones a manera de los «¿Y si…?», juego de azares apetitosos.

Esta reflexión de campanario me surge porque tengo en mis manos, cerrado ya después de la relectura, un viejo tomito que «disfruté» (así, entre comillas, porque todos sabemos cuánto se «disfruta» un libro orientado en clases de secundaria) hace ya 38 años. Se trata del Lazarillo de Tormes, joya anónima de la picaresca española del siglo XVI.

Tiempos idos, me dirán algunos socarronamente. Otros se preguntarán con cierta inquietud qué punto de contacto tiene, en el siglo XXI, medio milenio después de haber sido escrita, la historia tragicómica del pícaro Lázaro.

Pues resulta que sí. Tal pareciera que poco o nada ha cambiado la humanidad (nuestra hispánica humanidad) desde aquellos Siglos de Oro al parecer tan lejanos, y durante los cuales se escribió tanto y tan bueno. El Lazarillo, como a propósito, nos hace un guiño de complicidad, porque a pesar de la cantidad de agua pasada bajo el puente de la historia de la Literatura en lengua castellana, nos es tan actual como si ahora mismo no fuera un personaje de novela, sino nuestro vecino más cercano, el de al lado.

Al mirar con ojo crítico y no sin cierta añoranza hacia la narrativa que se escribe por estos tiempos en Cuba, al menos a mí me resulta curioso el hecho fácilmente comprobable de la ausencia de esos fuertes caracteres capaces de hacernos recordar por años algo leído; caracteres que llevados a las páginas de una novela bien escrita, hacen crecer a la Literatura, y donde además resulta el pícaro criollo el gran ausente. ¡Y mire usted que en esta isla abundan los pícaros!

Podrá haber quien objete que hoy no es necesario más de lo mismo; que esas son etapas trascendidas; que andan por ahí, poco o nada leídos por los más jóvenes escritores los libros de un Samuel Feijoó o un Francisco Chofre, por solo citar un par de ejemplos loables. Pero sucede que a pesar de tan buenas sombras tutelares, parece como si el pícaro cubano se escapara (¿por «desconocimiento», por miopía?) de las miradas de quienes pudieran poner en las puntas de sus bolígrafos un material riquísimo a partir del cual crear una literatura fresca, hilarante y con sobrada capacidad para hacernos pensar por qué caminos vamos transitando en esta patria nuestra.

No abogo por volver a la vida una era que dio sus frutos más sabrosos entre las páginas del Buscón y del Periquillo Sarniento (libros que, a propósito, vendría muy bien reimprimir, junto al resto de la picaresca, que hasta con la reciendescubierta América se metieron). Sin embargo, estos pillos son tipos vivitos y coleantes, perfectamente transplantables a la narrativa cubana actual sin que pierdan en absoluto su actualidad o adquieran regusto de cosa pasada.

Porque, veamos: ¿qué es un pícaro? Se trata de un Juan de los Palotes cualquiera. Este Juan, hombre sin oficio ni profesión determinados, va por ahí haciendo de todo. Lo mismo siembra un campo de arroz sin tener el menor conocinmiento de agronomía, que instala un tendido eléctrico sin saber nada de electricidad; se emplea como oficinista en cualquier empresa; chapea patios y saca a pastar caballos; vende viandas, mulea ropa desde Rusia, pela maíz en el mercado, depila cejas, cambalachea pedacitos de oro, tira las cartas, arregla sombrillas hoy, pide prestado mañana sin devolver nunca y hace de custodio en un almacén de cualquier cosa con un ojo abierto y otro cerrado. Todo eso a lo largo de unos pocos años de una sola vida.

Ah, se me olvidaban aquellos que le ofrecen a usted al paso una casa de renta, chicos chicas, langostas, alguna otra carne pecaminosa, estupefacientes, un auto, consoladores y demás, que de todo hay en la bodega de la picardía. Y no piensen que exagero, porque de veras me sucedió.

Y así como existe este Juan de los Palotes, medra también alguna María de la Cosa, que a fuerza de postmodernismo y derechos conquistados, hay tantos pícaros como pícaras.

El pícaro «lucha» para sobrevivir o para vivir lo mejor posible. Se las arregla para capear temporales que en rachas de crisis lo tiran de un lado a otro y lo obligan a hacerse un maestro en ardides y añagazas. Es hijo legítimo de los malos tiempos. El pícaro cubano del siglo XXI, indudablemente más culto que sus hermanitos de los Siglos de Oro, la mayoría de las veces ignora, no obstante, su propia condición. Su prioridad es salir a flote del mejor modo posible; o dicho más cubanamente: «Joder yo, pero que no me jodan».

Esta riqueza de tipos, caracteres, situaciones y conflictos está ahí, al alcance de la mano de cualquier escritor interesado. Aguarda por quien se aventure a transformarla en cuento, relato o novela; a poner ante nuestros ojos, remozados y listos para el disfrute de una lectura inteligente, los avatares y peripecias de los émulos actuales de Pablos de Segovia, Lazarillo de Tormes, Estebanillo González, el Periquillo Sarniento, Guzmán de Alfarache, los pillos cervantinos o al mismísimo Diego de Torres de Villarroel, pícaro real y poeta magnífico.

La mesa está servida; solo hay que salir de la concha intelectualoide que nos hemos forjado, saber observar, comprender, elegir y escribir. Pero, ojo: que tal como certeramente un día dijera Niurki Pérez García, buena escritora y mejor persona, entre la capitular del inicio y el punto final hay que poner talento.



Pérez-Castro

Escritora, narradora, ensayista, guionista radial. Miembro de la UNEAC. Miembro de Honor de la Asociación Hermanos Saíz (AHS).


2 thoughts on “Un tesoro contable

  1. Armando Ronquillo

    querida mariela que profeticas palabras y quede pillos conocemos en comun y es muy verdadero nuestra literatura se esta perdiendo material de primera

    Responder
  2. Anabel

    Concuerdo con Mariela, pienso que hoy en dia se esta perdiendo, y no vamos a decir el habito, sino el placer y la satisfaccion de leer un buen libro. Debemos rescatar el valor de la lectura principalmente en los jovenes y hacerles ver cuan provechoso resulta leer.

    Responder

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *


6 + siete =