Un Camino que abre puertas

La poesía hace crecer las cosas aparentemente de la nada. Quien ha leído mucha poesía tiene en su vida dos bendiciones: ha logrado poseer un ápice de la suprema belleza y es capaz de hacer asociaciones muchas veces imposibles en otro contexto.

Antonio Machado, el español enorme, dijo un día para siempre: “Caminante, no hay camino; / se hace camino al andar…” Hace un año y tantos, Reynaldo Rodríguez, pensando tal vez en los trayectos aludidos por el poeta español, inauguró en la Terraza Arte Joven, de la Casa del Joven Creador camagüeyana, el espacio de trova Camino.

Surgido al calor de la necesidad y la urgencia de salvarnos del marasmo comercialista, la tontería y la ramplonería que al calor de la globalización se imponen en el ámbito musical, Camino pretendió desde su inicio constituirse en espacio donde la trova cubana tuviera un refugio, un sitio donde poder mantener su vida en una ciudad que ni siquiera en años gloriosos tuvo una predilección por ese género de nuestra música. Desgraciadamente, Camagüey, la ciudad, no pare trovadores como pare poetas.

Es un algo curioso, digno del análisis de especialistas serios. Nuestra música gozó desde La bayamesa de Céspedes y de Pepe Sánchez, de excelentes voces de trovar. Ha sido más de un siglo –casi dos– de contar con una identidad trovadoresca que parece querérsenos morir bajo la asfixia del facilismo y la banalidad musical. Salvo Caminos, en la Casa del Joven Creador, y los Viernes de Trova en el Parque del Amor de la calle República, ambos auspiciados por la Asociación Hermanos Saíz, es muy difícil encontrar en Camagüey un sitio donde sentarse a escuchar canciones inteligentes. La trova se ha ido quedando relegada, y no es precisamente un fenómeno privativo de la “suave comarca de pastores y sombreros”: la nueva, como música incidental en los actos políticos; la novísima no se difunde, de ella no se habla, no existe simplemente; la tradicional se ha vuelto sinónimo de viejitos tembleques.

Y ello es triste, por cuanto la trova es nuestra, identitaria, cubana hasta el tuétano, digna de ser reverenciada, cuidada y sostenida.

A contrapelo de las necesidades materiales, de la ausencia de muchas cosas imprescindibles, Camino se abre paso. Es ruta llena de piedras, de ausencias y de muchos sueños. Pero hace apenas unas horas, el Camino se hizo amplio. Al fin, después de tanta lucha y convencimiento; de tanta espera y ausencias, se juntaron en la Terraza los proyectos de tres de los pocos trovadores que aún tiene Camagüey: Harold Díaz y su grupo; Nornis Venegas y el suyo; y Reynaldo Rodríguez, el anfitrión, con su violinista –casualmente quien esto escribe. Y se hizo trova de la buena, de esa que falta en los espacios públicos y culturales de la ciudad. Fue una sola la música de los tres trovadores. Caminos creció, no solo como espacio disponible, sino como núcleo.

La ciudad dispone de este espacio, abierto dos jueves al mes en la Terraza Arte Joven de la Casa del Joven Creador. La entrada es libre, el ambiente es hermoso, sano y reconfortante; la oferta es buena. La gente debe enterarse de su existencia, acudir, escuchar trova, empaparse de buena música y buen gusto, porque ni en la Terraza de Arte Joven ni en Camino tienen espacio la chabacanería, el mal gusto y las cosas feas.

La puerta está abierta; el Camino espera. Sean bienvenidos.


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Pérez-Castro

Escritora, narradora, ensayista, guionista radial. Miembro de la UNEAC. Miembro de Honor de la Asociación Hermanos Saíz (AHS).


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