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Traeme arañas, arañero

Hace dos horas que leo y leo, sin  pausa. Hace dos horas que estoy sentada ante una mesita del Café Literario La Comarca, de la AHS camagüeyana, con un libro abierto delante de los ojos. Hace dos horas que lloro de nuevo con las mismas lágrimas de hace tres marzos. Y aunque varios hay que me han mirado con voluntad de risa, no me importa: las lágrimas emocionadas son lágrimas felices.

Entonces, cuando lo vendieron, no pude comprar el libro: nunca tengo dinero. Pero un amigo al que ahora quiero el doble o el triple si eso fuera posible, ante mis ojos de suplicar un milagro me prestó por un rato su ejemplar de «Los cuentos del arañero», que compró en una Feria Internacional del Libro que se celebró hace un par de años en la ciudad de Camagüey.

Habrá quien al leer estas palabras me tilde de ramplona, o tal vez de cosas peores. Tampoco me importa. En el amor no se manda. El amor es esa cosa misteriosa que te surge desde el fondo del corazón y te va llenando entero el cuerpo sin que logres saber por qué motivos; y se afianza y crece como el agua, firme y completa.

Con el amor se mueven voluntades, se derrivan murallas, se construye un mundo, se abren puertas, se iluminan sonrisas. Tal como dice la carta apostólica, «el amor todo lo espera».

Para el amor no valen porqués ni razones filosóficas, ni intentos de conceptualización más o menos teoremáticos, ni lejanías ni desconocimientos, ni buenos motivos ni certezas: el amor es eso y ya. Y yo me enamoré de aquel «Por ahora» de boina roja y firmeza que abría una ventana a la esperanza de cada uno de los habitantes de este trozo de mundo, cuando todo parecía augurar que la noche sería cerrada por larguísimo tiempo: una ventana de igualdad y generosidad, aunque algunos hayan que no quieran mirar al horizonte que la ventana enseña.

Durante dos horas completas devoré las 231 páginas del libro, letra a letra, sin perder una palabra. Puede parecer una tarea inhumana, pero es otra muestra de amor. Y letra a letra, historia a historia, lloré como mismo lo hice hace ya tres años y tanto, cuando supe la noticia, amarga e increíble, de que el amigo grande se había ido con su Dios a velar por nosotros desde un sitio más puro.

Y es que, si bien durante mi vida he leído y releído libros más o menos sapientes, más o menos entretenidos, más o menos científicos, más o menos tontos, más o menos hermosos, nunca antes hubo otro como este, tan humilde, tan de gente llana, tan cercano que te hace parecer que escuchas la voz del hombre contar, rememorar; y lo oyes intercalar canciones y pregones, y acaba pareciéndote que estás en la sala de la casita de la abuela dulcera, donde cada recuerdo es vivencia.

Cada palabra me devuelve al amigo que nunca se ha marchado del todo, al amigo que llegó para quedarse. Cada frase me lo retrata con tonos que no podrán ser borrados. Cada párrafo es como revivir su mirada y su risa. Cada capítulo, cada historia narrada, es traerlo de vuelta competamente hecho para la maravilla y el crecimiento.

Agradecida desde el último rincón de mí a Orlando Oramas León y Jorge Legañoa Alonso, los compiladores de esas palabras con las cuales el Comandante nuestro hizo de todos su vida, sus remembranzas, sus dolores, su pobreza, sus luchas, sus ilusiones y su trascendencia. Agradecida a la editorial venezolana que lo hizo llegar hasta nosotros en un acto de total hermandad. Agradecida porque fui, de alguna forma, compañera y partícipe; porque de aguna manera pusieron en mis manos un pedazo de luz.



Pérez-Castro

Escritora, narradora, ensayista, guionista radial. Miembro de la UNEAC. Miembro de Honor de la Asociación Hermanos Saíz (AHS).


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