DSC_0001889

Sísifo, la piedra y una montaña llamada Cultura

Después de cerrado todo un ciclo de asambleas donde los jóvenes miembros de la Asociación Hermanos Saíz (AHS) plantearon sus preocupaciones más raigales, nos percatamos de la presencia en todas de la misma inquietud:  la irrupción al parecer imparable de una pseudocultura, la cual nos invade más o menos silenciosamente. Esta se halla presente en el llamado “paquete” semanal, perseguido, copiado y consumido por quienes, más que nutrir su espritu, anhelan entretener su ocio y se conforman con ello.

La inquietud de la joven vanguardia artística cubana es legítima. Abocada a enfrentar, desde el compromiso, tiempos de cambio que para muchos han sido sorpresivos, casi todos se preguntan cómo oponer a esta avalancha de pseudoarte una cultura nacional fuerte.

Los criterios al respecto se dividen en dos vertientes. Los optimistas argumentan que esta isla posee desde hace más de siglo y medio una sólida conciencia de su ser como nación; que históricamente aquí se ha tenido la capacidad de asimilar e incorporar lo mejor de los aportes llegados desde cualquier sitio, ya sea de lo hispánico o de lo africano, de lo asiático o lo americano —sin hacer distingos entre el norte y el sur—, desechando todo cuanto no contribuye a brindarle riqueza.

Otros menos soñadores o más realistas se dan cuenta —y no andan escasos de razón— de que Cuba no está a-isla-da del resto del mundo aunque el mar la rodee. Vivimos en un mundo interconectado, donde la economía de mercado, la influencia de las corporaciones, adquiere cada vez más poder y penetra sin hacer mucho ruido en todos los ámbitos de la exisencia de la humanidad. Ello conduce a enfrentarnos a un fenómeno bien evidente, en el cual venimos reparando de manera consciente desde hace relativamente poco tiempo: la cultura, que no es precisamente un ente abstracto, se transforma en objeto de consumo, en algo que puede comprarse y venderse y que produce jugosos dividendos.

Dicho así, esto último podría no parecer demasiado tremendista, habida cuenta de que todos sabemos que en esta sociedad dominada por las relaciones monetario-mercantiles, la cultura necesita dinero para poder desarrollarse. Sin embargo, la mayor parte de cuanto en estos tiempos consumimos, sobre todo en lo tocante a la música, los audiovisuales y el arte utilitario no es sino una gama de productos prefabricados por los monstruos corporativos del entretenimiento para facilitar su consumo de manera masiva, sin que al hacerlo se deje mucho espacio para que los pobrecitos consumidores puedan pensar críticamente.

De este tipo de productos está colmado el tan llevado y traído “paquete”, donde son mayoría el cine huero y violento, las series policiacas, los documentales alarmistas, los concursos cazatalentos y de belleza, los culebrones y la música ramplona. Todo presentado tan lindo, tan glamoroso, que logra apartar a los no avisados de los aspectos más reales y acuciantes de la vida. Y lo peor: crean hábito, porque habiéndose entronizado la nefasta práctica de la pereza del pensamiento, la inmensa mayoría de la gente prefiere sentirse entretenida a saberse cultuvada.

Es ahí donde empieza a preferirse una novela rosa a una obra maestra de la literatura, el reguetón a la música inteligente, una película “de patá y piñazo” al buen cine de autor, los chinitos de yeso producidos en serie a una escultura, la Belleza Latina a Escriba y Lea… Algo muy triste, además, sucede tras esa catarata de pseudocultura: ni si siquiera escapa de sus tentáculos la exigua minoría que blasona de poseer cimientos culturales firmes; minoría que  de vez en cuando se deja atrapar por algunos novelones, series o filmes. Para enfrentar con éxito esta coyuntura, es preciso no solo poseer una buena información, un gusto educado y una sólida formación intelectual. Es necesario erigirse en difusores, pero antes es insoslayable convertirse en formadores.

A la hora de encarar la defensa de verdaderos valores culturales no se puede dejar de tener en cuenta que, en lo tocante al arte, no es la demanda quien crea la difusión sino al revés: la difusión condiciona la demanda e impone modas, paradigmas y estilos de vida; en fin, forma en el gran público un determinado gusto por las imágenes hiperbólicas de la industria del entretenimiento. Es allí donde la vanguardia artística debe asumir el rol formativo que le está deparado, y solo si ese rol es ejercido desde el conocimiento profundo podrá ser capaz de convencer, no de vencer; de  servir de ejemplo y no de mero transmisor.

La juventud nucleada en las filas de la AHS está bien impuesta de la necesidad de oponer al marasmo comercialista que invade la cultura globalizada, una práctica otra, opensada desde la defensa y la evolución de lo genuinamente cubano, aunque sin desdeñar lo mejor que desde cualquier parte nos llegue. Vale para esta contienda lo apuntado por Martí en su artículo Nuestra América: “Ingértese en nuestras repúblicas el mundo, pero el tronco ha de ser de nuestras repúblicas”.

El cometido que se avecina no es sencillo. A la vanguardia artística e intelectual cubana le espera un camino difícil, el cual es necesario andar con el convencimiento y el ejemplo como armas de batalla. Y aunque suene chocante para muchos, es necesario decirlo: es esta una confrontación desde la ideología.

Porque guste o no, el arte y la cultura son en sí mismos vehículos de contenido ideológico, y este axioma es algo que tienen bien claro los magnates de la industria del entretenimiento. Esta “cultura spam”, aunque muchos se resistan a creerlo, es altamente política. Su tarea fundamental consiste en narcotizar conciencias. La constante apología de la violencia (tiros, sangre, agresiones, etc.), del consumo (marcas comerciales, autos despampanantes, vida regalona), de la banalidad (música tonta, videos-clips bobos, melodramas pedestres), del sexismo (mujeres-objeto, machos machotes), del racismo (al negro siempre lo matan) y del militarismo patriotero (“ellos” siempre son los buenos), no conduce a otro fin sino el de organizar a la sociedad global de forma tal que la transforme en una masa incapaz de pensar sino en el hoy-ahora, maniatada para reclamar derechos elementales y desarmada para luchar por la equidad.

Ya se decía un poco antes que por delante de la salvaguarda de la cultura cubana espera un camino tortuoso: el de recobrar el interés de la mayoría de los cubanos por su esencia nacional, esa que es urgente proteger a toda costa. Y como es tiempo de llamar a las cosas por su nombre, hay que decir alto y claro: es perentorio difundir lo mejor de nuestra trova; llevar los museos a los barrios; recuperar el sentido y la necesidad de conocer la Historia; acercar el ballet a la gente común; sacar a las orquestas sinfónicas de sus salas de concierto semivacías y a donde siempre van los mismos, y hacerlas lucir su maestría en parques y plazas; poner al diseño industrial a funcionar como se debe; recuperar el gusto por la lectura.

Pero es necesario tener en cuenta que ello no podrá lograrse si se emprende desde jornadas de pocos días, de esas que empiezan llenas de empuje y poco después languidecen y mueren asfixiadas por el formalismo y la desidia y desnutridas por el burocratismo y los burócratas.

Por ello, y porque sabemos que no hay nada más cuesta arriba que formar conciencias —está comprobado que deformarlas es relativamente fácil—, es este un trabajo de cada minuto, donde es necesario proponer lo bueno y lo nuevo junto a la tradición, y donde no valen el cansancio, el conformismo y la abulia. Trabajo de Sísifo ese de llevar la piedra del buen arte desde la base hasta la cima del monte Cultura, dejarla caer, volver a levantarla y comenzar de nuevo la subida.

Si de acuerdo con lo que se difunde, el gusto del público se adapta a la cultura de desecho, la búsqueda y consumo de lo vulgar, lo intrascendente y lo violento, va siendo hora de brindar lo contrario. Quedará protegida nuestra cultura y todos saldremos ganando.



Pérez-Castro

Escritora, narradora, ensayista, guionista radial. Miembro de la UNEAC. Miembro de Honor de la Asociación Hermanos Saíz (AHS).


One thought on “Sísifo, la piedra y una montaña llamada Cultura

  1. Sais García Delgado

    Como Sísifo debemos ser perseverantes , esa piedra pesa cada día mas tenemos que buscar opciones que atraigan en el diseño como en contenido , en los lugares donde nuestra juventud se recrea ir introduciendo con sutileza e inteligencia propuestas entretenidas pero con buen gusto , muchas de las veces las personas al frente de las actividades( es decir el administrador o director ) no tienen las herramientas y no son las personas capacitadas para emprender esta difícil tarea , se les da mejor , lo de economía y contabilidad y lo que buscan es publico. No estoy en contra del regeton pero si de su letra , si no tratamos de cambiar ese consumo errado de la cultura , esta generación y las que siguen perderán nuestra identidad por la cual hemos luchado tanto . Quien dice que no se puede hacer un regeton que te diga cosas para pensar o sentirte identificado , una buena serie , lo mas nuevo del audiovisual en nuestro país , nuestra televisión debe ser mas extensa en sus propuestas y sobre todo los programas que colindan en los horarios de nuestros trabajadores cuando llegan a sus casas que es la generalidad . Debemos ir mas allá de la novela y los programas musicales , nuestro país también tiene cosas interesantes que ofrecer y creo que la nueva generación que esta insertada en nuestros medios de difusión haga mas énfasis y se le de espacio a favor de un cambio .

    Responder

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *


tres + = 5