Rubor victoriano en tiempos de reguetón

Cualquier día de estos usted se levanta temprano. Abre su ventana. Espera escuchar trinos, susurros, alguna voz, tal vez un claxon; pero, ¡oh equivocación!: un ruido amorfo, atronador, de esos capaces de ponerle los pelos de punta a cualquiera, se cuela dentro de su casa para no dejarlo gozar de tranquilidad.

Usted llega a la calle, se para en la esquina en busca de la botella salvadora de su destiempo. Un auto se detiene; de su interior brota un estruendo al cual algunos llaman música. Otro pasa, y otro. Alguien se digna a adelantarle el tramo y usted sonríe con agradecimiento. Pero allí dentro se desgañita una bocina con más de lo mismo: reguetón por todas partes –en la cafetería, en la fiesta infantil, en el transporte colectivo, en los teléfonos móviles–, plagándolo, contaminándolo todo con andanadas de vulgaridad, de mal gusto, de expresiones soeces.

Usted se siente atacado e indefenso, y empieza a pensar en tal fenómeno como en un signo de los tiempos. Llegaría a aducir que se trata del gusto popular y que contra ese no hay quien pueda; es el mercado musical tomado –como la casa del cuento– por los dictados de la moda quien decide, y usted se arriesga a quedar como un marciano si se atreve a clamar por un resquicio de diversidad para salvar su buen criterio estético.

Y recuerda. Es septiembre y acaba de pasar un huracán de esos que no deja tabla en pie por donde cruza. Los albergues de damnificados están repletos, y usted va con todo su cariño y un cuento y varios poemas, y canciones que hablan de cubanía y de la voluntad de amar. Pero nadie le espera, nadie sabe; todos enarcan los hombros mientras por un par de altavoces el reguetón de turno insiste en ensordecerlo de agresiones a tubazos.

Como usted es persistente y tiene fe en el mejoramiento humano, canta, dice poemas y saca su cuento ya publicado y lo lee. Y de entre la gente salta un plesiosaurio con el rostro desencajado para gritar que está escandalizado, que en el público hay niños; usted lo ha insultado con ese vocablo contundente que aparece en su cuento y ha sido puesto ahí por su editora porque cabe dentro del contexto. Usted queda con la boca abierta sin entender nada, detrás de su espalda el reguetón continúa y el plesiosaurio de ruboriza como si no se tratara de un adulto “leído y escribido”, sino de una señorita victoriana.

No mire raro la pantalla: todavía quedan señoritas victorianas, de esas que vivieron en la Gran Bretaña decimonónica, en una época donde cualquier cosa podía ser considerada bochornosa. Eran años donde el remilgo era sinónimo de decencia y el pudor se exacerbaba hasta la ridiculez. Una señorita victoriana NUNCA mostraba su cuerpo, usaba ropa interior hasta el tobillo, hacían asquitos de sus fluidos corporales, rezaban muchos rosarios y encontraban indecoroso acostarse con un hombre. Muchas terminaban convertidas en tías solteronas, pero si llegaban a casarse eran indefectiblemente anorgásmicas.

¡Oh, perdóneme! Sin querer he herido sus más victorianos sentimientos al escribir la última palabra del párrafo anterior. ¡Qué indecencia, qué falta de respeto! ¡Hablar de una cosa tan poco apropiada como un orgasmo!

“¿Se habrá vuelto loca la escritora?”, pensará alguno. Pues no, señor: conserva toda su lucidez. Ocurre que aunque a usted le parezca mentira, de vez en cuando aparece dibujada en el horizonte cultural actual la mole de un plesiosaurio, ente desfasado, dueño de un encéfalo victoriano quien, contradictoriamente, oye reguetón, baila con él y lo considera bueno.

El plesiosaurio puede adoptar la forma de un funcionario equis. Ese ser humano –digo, saurio– vive en un barrio el cual, como todos los barrios de hoy, posee una lengua poco aséptica; en su trabajo tampoco blasonan precisamente de pureza léxica; en su casa –pensemos que de vez en cuando– se escapan vocablos contundentes por lo general referidos a los órganos reproductores varoniles, y en su barrio, su trabajo y su casa oyen reguetón.

“Y dale con el dichoso reguetón”, pensará usted. No se inquiete: tengo mis razones para traerlo tanto a colación, y tienen que ver con el bello idioma que usamos como medio de comunicación, como envoltura material del pensamiento, según Marx. El español es un idioma bellísimo, poseedor de un caudal rico y profundo. Se enorgullece de ser una de las lenguas más difíciles de aprender.

Históricamente, nuestro idioma no solo ha servido como unificador entre naciones hermanas: es un medio de expresar sentimientos y emociones con palabras que, justamente contextualizadas, sirven como expresiones fuertes. Aunque le llamo la atención, si usted me lo permite, sobre el asunto ese de la con-tex-tua-li-za-ción. Para entendernos mejor, voy a referir lo acontecido en Ecuador a un médico nuestro, excelente especialista y mejor persona, quien para explicar su prisa, se despidió diciendo: “Me voy porque tengo que coger la guagua”. Casi le cuesta la vida. Lo que en nuestra querida Cuba es un simple acto de abordar un transporte colectivo, en aquellos pagos implica nada más y nada menos que la consumación de un acto de pederastia. Porque en casi toda Suramérica “coger” quiere decir “hacer el amor”, y “guagua” se les dice a los niños pequeños.

El querido amigo y profesor Ramón Afonso, académico y muy culto, hacía mención una vez de los vocablos contextualizados y descontextualizados. Después de un muy serio (y no exento de befa) análisis, hubimos de concordad en algo hasta cierto punto increíble: las malas palabras no existen. No se rasque los ojos, ha leído bien. Una de esas palabras que todo el mundo tiene como malas puede, en un contexto determinado cumplir una función expresiva concreta. Explico: ¿qué grita usted si le cae en un pie una olla de presión llena de potaje caliente? Seguramente no será “¡Oh, extraordinario!”. Gritará eso, eso mismo en lo que está pensando en este instante; no aliviará su dolor, pero dará salida a su estrés.

Lo que tal vez para usted clasifica como la peor palabrota que pueda pronunciarse, en cualquier otro ámbito es un vocablo inocuo, inocente y muy corriente. Y lo mismo sucede al contrario.

Y ahora le llamo la atención sobre otra arista del tema, en la cual usted no ha reparado por el aquel de los paradigmas. ¿Sería alguien capaz de tildar de vulgares, groseros o soeces a figuras tan preclaras de las letras hispanas como Francisco de Quevedo o Miguel de Cervantes? ¿Verdad que no? Esos son monumentos de la Literatura. Pero el inefable Quevedo empleaba en sus poemas voces tales como puta, culo, cabrón, mojón, mamando, mierda y otras lindezas por el estilo. Léalo y verá que no lo engaño. Y no se espante, que joyitas peores se escribieron desde siempre en la lengua nuestra, y también se publicaron. Pero en aquellos tiempos de los Siglos de Oro no había todavía señoritas victorianas y menos siquiera reguetón.

Y ello da que pensar. ¿No se estarán yendo las cosas de control? Donde quiera que usted vuelva la vista encontrará toneladas de música fea, de esa que nada le aporta y menos le dice, a no ser vulgaridades. No hay donde huir y refugiarse, porque el lugar de la alternativa dejó de existir en aras de un “buscar el público como sea”, y si el público quiere reguetón, pues entonces… Van siendo ya muy pocos los espacios para la trova cubana o los boleros, el buen son y la música popular inteligente. Con esta práctica, ¿no estaremos fundando un entorno donde la chabacanería, la procacidad, lo burdo y lo vulgar sean la única opción posible?

Y mientras usted y yo pensamos en estas y otras cosas trascendentes, el plesiosaurio se dirige al equipo de música, extrae de su bolsillo una memoria flash; la inserta en el puerto. Por el aire empieza a flotar el sonido y él mueve a un lado y otro su cabecita, balancea un pie… ¡Uyyyy, qué rico se oye eso…! Sube a todo dar el volumen. ¿Los vecinos? Bah, que se tapen los oídos. El dinosaurio oye reguetón.



Pérez-Castro

Escritora, narradora, ensayista, guionista radial. Miembro de la UNEAC. Miembro de Honor de la Asociación Hermanos Saíz (AHS).


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