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¿Qué hay detrás de un café?

Foto: Claudia Otazua Polo

Eusabio Leal, historiador de la capital (que por ese habanocentrismo cultural que se sufre en la Isla es, casi con certeza absoluta, el profesional de su ramo más popularmente conocido en el país), dijo en cierta ocasión que rechazar la invitación a una taza de café en una casa cubana implicaba el rechazo a una tradición, a un ritual, más que a la infusión propiamente dicha.

Tal vez Eusebio Leal, erudito y orador experto, se hacía eco de algún otro pensador eminente que ahora se me antoja sociólogo o antropólogo. En cualquier caso, sea propio o compartido, este posicionamiento del Doctor en Ciencias Históricas representa una de las mejores lecciones del “ser cubano”.

Dejando aparte potenciales adicciones y vicios asociados a este brebaje, probables críticas a sus recientes mezclas con otros granos nada similares, el consumo de café en Cuba es un hecho cultural, simbólico.

Como diría Canclini, y por supuesto, parafraseando al investigador latinoamericano, no todo es cultura, pero todo posee una dimensión cultural. O sea, el mero acto de tomar café no clasifica como cultura o hecho cultural; en cambio, las múltiples maneras de hacerlo, las múltiples codificaciones simbólicas detrás del acto sí lo son: CULTURA, en mayúsculas y sin faltas de ortografía.

La sabiduría de mi abuela la hacía esconderse de mi madre para darme sorbitos de café cuando no pasaba de ser un bebé de brazos. “Café claro para que hable pronto”, he ahí su máxima. Y a los seis meses ya era dueña de un vocabulario que incluía agua, mamá, papá, aguacate y Ananaine, para llamar a una prima de nombre Magdelaine.

En el bohío que cuelga encima de la loma; en el apartamento de fibrocemento prefabricado del médico que regresó de cumplir misión internacionalista; en los palacetes que sobrevivieron al tiempo y hoy también albergan los hogares más pudientes de la nación; en cada uno de ellos se corre a colar cafecito no más llega una visita. Tal vez algunos usen el método del colador de tela y otros la cafetera eléctrica expresso, pero a la larga “todos somos fósforos de la misma caja”, como dice el último tema de Mayito, ex cantante de los Van Van.

El café simboliza entonces la bienvenida, el placer de la acogida, el regocijo del recibimiento, el dar lo mejor que se tiene: la esencia del cubano.

Es curioso que en el extremo opuesto, el café también se usa para las despedidas, incluso las definitivas y sin remedio. ¿En qué velorio cubano faltan las tacitas de café?, que por supuesto, cumplen con el propósito de mantener en vigilia a los dolientes, pero igualmente comparten la angustia por la pérdida, invitan a la conversación. Y si las penas se comparten se toca a menos, y si se asiste a un diálogo, se espanta la sobria soledad del luto. El café es símbolo de empatía.

Para algunos el café es privativo de los amaneceres, el traguito antes del trabajo. Para muchos otros el horario del día poco importa; cualquier momento es bueno, porque detrás de la invitación al café hay un reencuentro de amigos, confesiones, chistes. El café es símbolo de amistad.

Tomarse un café sobrevive, incluso, a los empeños de refrescar en este verano caliente.

Otro tanto ocurre con los lugares a los que se asiste a tomar café. Acá en la ciudad de Camagüey, por ejemplo, sentarse a degustar un café bombón o cappuccino, o lo que se le antoje al cliente (que el cliente siempre tiene la razón) en el Café Ciudad, comporta cierta distinción social simbólica a través del consumo, hablando también en términos de Canclini. En el Perla de Cuba, vecino de este, no se oferta ni café bombón ni cappuccino; no tiene mesas al aire libre estilo francés, sino banquetas alrededor de una apretada barra. El Café Ciudad vende la bebida en moneda convertible (CUC); el Perla, en pesos cubanos (MN). Para todo el que sepa multiplicar por 25, la diferencia es más que obvia.

Ahora biel, otro asunto es en La Comarca, café literario de la Casa del Joven Creador, en la Asociación Hermanos Saíz (AHS) de esta provincia. Acá el café es otra cosa. No el cliché de la taza junto al cigarro y el computador de un escritor en pleno proceso de creación, sino el detonante de ese proceso de alumbramiento intelectual.

Junto al café se espera el transporte que debe llevar a los artistas a una comunidad lejana donde regalarán horas de entretenimiento a los pobladores. Junto a un café se esboza una nueva peña, se reúnen universitarios a realizar trabajos de curso, llegan dos abuelas a contarse el futuro, un trovador afina su guitarra, un niño asoma la punta del dedito para probar ese líquido marrón que todos beben y a él se le niega. Junto a un café los creadores son capaces hasta de arreglar los problemas socioeconómicos del mundo globalizado.

En la AHS el café es el núcleo que reúne a una masa improbable de públicos diversos, que reconcilia a rockeros con repas, trovadores y emos.

Entonces no importa demasiado si el café llega más o menos caliente, si el azucarero no permite que el edulcorante caiga, porque lo que se comparte es más que una infusión: se comparten ideales, los deseos de romper esquemas, de mirar hacia adelante. De crear, los deseos de crear.




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