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Pseudodislálicos

Foto: Tomada de internet

 

— ¡Amandaaaaaaaa, pérate ahí mijita que no te di to el dinero!

— ¡Oe ya voy, verdá que contigo to e un prolema!

Así se gritaban, a voz de cuello y de esquina a esquina, una madre y su hija, vecinas de mi nuevo barrio. ¡Cuánta vagancia! −pensé al oír la bulla, recordando las lecciones recientes que recibí en un curso de Fonética y Lingüística aplicada.

Quizá porque tenía fresquitas las clases sobre pseudodislalia y mi oído andaba atento, a la caza de gazapos lingüísticos, quizá porque el parlamento inicial de este texto lo escuché el domingo último cuando se celebró el Día Internacional del Idioma, decidí pensar en la haraganería. No en la que atacó a la progenitora y su hija, impidiéndoles caminar algunos pasos para evitar el esfuerzo excesivo de sus cuerdas vocales y de paso el mal gusto del escándalo en plena calle, no; en otra más sutil, o si se quiere, más corrientemente ignorada, que ataca al idioma y deja perdidos a quienes no son hispanoparlantes nativos: la pereza articulatoria.

Resulta tan común, que hay quien la considera un rasgo propio de la norma popular cubana, como el dicharacho, la picaresca… Pero en verdad se trata de algo más simple y mucho menos identitario: somos vagos al hablar, nos tragamos los fonemas, los cambiamos, geminamos, y terminamos asesinando una lengua que fue creada para hablar con los dioses.

Que todos hablemos como locutores, con perfecta dicción y colocación de la voz, en nuestra habla coloquial, no pasa de la utopía y el absurdo. De lo que se trata es del respeto a nuestra lengua materna, de no mentir, porque si no nacimos con afecciones fonéticas −dígase frenillo, ceceo, tartamudez−, ¿qué hacemos fingiéndonos dislálicos? Hay quienes creen que tiene swing y se convierte en una moda decir “amol” por amor. Ese fenómeno, llamado en términos académicos lalación, forma parte de la norma en el occidente de la Isla. Asimismo, en lugar de carbón, pronuncian “cabbón”, ¡y cuidado!, que si frente a uno de esos super fashion dices CARBÓN, podrían llamarte palestino, lo cual para ellos parece ser una ofensa terrible.

Regionalismos aparte, tal vez la pseudodislalia más generalizada en nuestro país esté en la aspiración de la ese. ¡Pobre consonante! Casi nadie la recuerda (“ejtamos” por estamos); la cambian por jota, y en lugar de nosotros aparece un “nojotros”.

En el otro extremo van quienes en un intento de sofisticación, al cabo malogrado, sobrearticulan cada sílaba y acaban trastocando los sonidos de la pe, la te, la eme y la be por una oclusiva ka o por el sonido fricativo de la sílaba gue. Dicho así suena complicado. Veámoslo con ejemplos: “óktimo” por óptimo; “Viek Nam” por Viet Nam; “oktener” por obtener; “alugno” por alumno.

Fíjese, no nos referimos aquí al nivel lexical ni al sintáctico; estamos en el eslabón primario: el fonológico. Si desde ahí deformamos la lengua, ¿qué queda para el resto de la estructura jerárquica que la compone? ¡Ni hablar de la chabacanería, la vulgaridad, los neologismos bárbaros!

A la lengua la hace el hablante, ese es el argumento final que esgrime mi amigo Adrián ante cualquier debate que nos conducía a discutir si es correcto decir el churre (en género masculino) o la churre (en femenino, como acostumbran a decir los camagüeyanos). Y no le falta razón, la Real Academia de la Lengua Española ya ha aceptado el haiga, el subir para arriba, etc., pero no veo a los lingüistas, guardianes del buen hablar, mutilando preposiciones, eliminando eses al final de las palabras al estilo de “vamo pa la playa”. ¡Cómo sufriría la ortografía!

La manera como hablamos es nuestra carta de presentación, equivale a la ropa que llevamos, al peinado, la higiene… Expresarse con propiedad y corrección nos hace bellos. Respetar la norma cubana del español es el mejor tributo que podríamos hacerle a la lengua materna. Seamos, en resumen, menos vagos y más honestos al hablar.




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