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Pluralidad y libertad de expresión

 

Foto: Reynaldo Pérez Labrada

Si comienzo a hablar de dermografía quizás muchos no sepan al instante a qué fenómeno de la realidad se alude, pero si digo tatuaje, todo el mundo reacciona al momento. Soy consciente de que la palabra puede provocar por igual recelos, rechazo, interés o incluso indiferencia, en dependencia de la experiencia social e individual de cada quien. El tema del tatuaje, a pesar de constituir una práctica milenaria, sigue siendo de una complejidad cultural y psicosocial tremenda, complejidad que muta, que aumenta conforme evoluciona la sociedad contemporánea.

Durante las tardes del viernes y sábado últimos, en la Asociación Hermanos Saíz (AHS) de Camagüey se armó un escenario ideal para la realización de un sondeo antropológico y sociológico con respecto a la práctica del tatuaje. Se trata de la Carpa Tattoo, un evento dentro de otro evento; una iniciativa que desde hace unos cinco años sucede como parte del Festival Nacional de Rock Sonidos de la Ciudad y que pretende hacer del tatuaje una expresión artística.

Alrededor de 23 personas, todas muy jóvenes, acudieron a tatuarse de forma gratuita. Dicha gratuidad pudo ser, (y en efecto lo fue), un gran aliciente para la convocatoria, si se tiene en cuenta que hacerse un tatuaje de tamaño medio ronda los diez CUC en la calle. De manera que este libre acceso atrajo quizás mucho más que la posibilidad de llevarse en la piel una obra de arte única, creada por alguno de los ocho artistas plásticos que hicieron las veces de tatuadores. He ahí entonces que la gratuidad se alce como una estrategia, o estratagema si se prefiere, para alcanzar el objetivo fundamental de la Asociación: sustituir el tatuaje comercial por el tatuaje portador de un sentido estético más elaborado, a la par que convertirlo en una plataforma de promoción efectivísima para los jóvenes artistas de la plástica.

Intuyo que algún lector informado piense enseguida en La Marca, estudio-galería ubicado en La Habana Vieja donde se han nucleado a diseñadores, arquitectos y artistas plásticos alrededor de ese mismo ideal de redimensionar el tatuaje en términos estéticos. Claro, ellos no lo hacen de forma gratuita, pero ayudan a trazar el camino. Ese sendero de la educación estética es largo de transitar y precisa seducción; en ese punto se destaca la estrategia de la AHS, la cual redime el sentido artístico originario del tatuaje, ese que le dieron los polinesios hace miles de años.

Ahora bien, esto no significa que no ocurrieran conversaciones previas, un consenso entre los tatuadores y los muchachos y muchachas que llegaron hasta allí. En esos diálogos es donde precisamente comienza a activarse la educación estética.

La moda, la rebeldía, la marginalidad se presentan como conceptos que pululan alrededor del tema del tatuaje. Están fuertemente enraizados en el imaginario popular y develan que, si bien la marca permanece estática y sin cambios sobre la piel, las maneras de leerla varían con el tiempo y el contexto sociocultural del que se trate. Esto nos pone frente a una paradoja aparente: por un lado evidencia la dificultad de cambiar las percepciones sobre el tatuaje, ya que se debe lidiar con las subjetividades, con la mentalidad, tan tortuosa de modificar; pero por otra parte también demuestra que resulta posible hacerlo, que con tiempo y enseñanza se puede lograr. Para ilustrarlo pongo dos ejemplos: la flor de lis se usó en Francia para marcar a los delincuentes, y hoy se emplea como un símbolo de dinastía; la estrella sobre los hombros marcaba en Rusia a los criminales de élite, y hoy el conocidísimo músico cubano X Alfonso las lleva despojadas de ese vicio por completo.

Lo cierto es que no se puede borrar de un plumazo siglos y siglos de prejuicios, prejuicios que vienen con la discriminación debido quizás a la leyenda bíblica de la marca que puso Dios a Caín, narrada en el Génesis: “Y Yahveh puso una señal a Caín para que nadie que le encontrase le atacara.” (Génesis, 4:15); prejuicios que vienen con las heridas aún sangrantes de los tatuajes nazis a los prisioneros en los campos de concentración; prejuicios que vienen con la segregación de ciertos grupos sociales como los presidiarios, quienes han creado sus propios códigos a través del tatuaje… Borrar de un día a otro esos prejuicios de la mano del arte resulta una tarea ilusoria. Pretender eliminarlos sería  también pretenderun poco eliminar parte de la historia.

El escenario ideal, entonces, no lo veo en una sociedad que mire al tatuaje como a un lienzo de Monet, sino en una capaz de identificar y diferenciar la pluralidad de significados y realidades presentes tras un tatuaje, en una sociedad que vea más allá de la marca de tinta y se preocupe por comprenderla, que no juzgue a la ligera ni de forma estereotipada.

En México, el mismo país donde existe una institución como El Museo del Tatuaje, hay una regulación que incluye a las personas tatuadas y/o con piercings en la lista de grupos vulnerables a la discriminación. La ley busca protegerlos, ¿pero acaso la necesidad expresa de ese propio amparo legal no justifica los prejuicios en cierta medida? En Cuba, tatuados y tatuadores están incluidos, de acuerdo con lo que se divulga públicamente, por lo menos en una lista de vulnerabilidad: la de personas propensas a adquirir una infección por VIH.

Ahora bien, ¿cuál es la cuota de responsabilidad que en ello tienen las autoridades del país?. En varias partes del mundo los tatuadores están obligados a tener una autorización y se les exige cumplir con las regulaciones higiénico-sanitarias que se deben seguir cuando se trabaja con fluidos corporales, en este caso con sangre. En Cuba esto se ha dejado a la espontaneidad; quienes se dedican a hacer tatuajes se mueven en los terrenos de la alegalidad. Ni siquiera con las últimas actualizaciones al modelo del trabajo autorizado por cuenta propia se le ha dado cabida a este asunto.

Con la no existencia de regulaciones para esta práctica, tatuadores y clientes quedan desprotegidos, e incluso, bajo una mirada más pragmática, al no existir una patente para realizar esta labor, el país deja de percibir ingresos por ese concepto.

La mayoría de los tatuadores entrevistados para este trabajo y para otros que he consultado como referencia, coinciden en la urgencia de que se les reconozca legalmente su labor. Calcule que en ello iría otro paso más para dignificar esa práctica, si se reconoce el acto de tatuar como un trabajo como cualquier otro: honesto, genuino, pues quizá se vería bajo esa misma luz al resultado de ese trabajo.

Esta pelea nos involucra a todos. Se debe aportar desde todos los terrenos posibles para legitimar al tatuaje que es ya de cualquier forma un fenómeno en constante crecimiento. Al cabo, esto ayudaría al fomento de una sociedad más culta y menos parcializada, con horizontes y capacidades críticas de discernimiento más amplios. Legitimar el tatuaje trasciende al propio tatuaje porque equivale, incluso, a legitimar la libertad de expresión, y es eso lo que se busca hoy ¿no?: una sociedad con pluralidad y libertad de expresión.




One thought on “Pluralidad y libertad de expresión

  1. Carmen

    Genial el articulo tiene una mirada juvenil y no por ello carente de la justa critica sobre un fenómeno cada vez mas común en nuestra sociedad, que Viva la pluralidad y la libre elección!!!

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