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Mirar hacia atrás

Foto: Pérez-Castro

Cada mañana, como acto voluntario, apenas abro los ojos enciendo el televisor. La revista Buenos Días me saluda y me va diciendo cómo amaneció el planeta donde vivo, esta «querida, contaminada y única nave espacial», como la llama el inefable Walter Martínez, y de la cual no podemos escaparnos aunque muchas veces queramos. Y me voy enterando de cómo durmió, soñó y amaneció mi isla entrañable, mi trocito de tierra tan peleón y tan heroico, ese que no cambio por nada bajo ninguna circunstancia.

Después viene la Agenda Abierta de Telesur a completar el espectro informativo que necesito para darme cuenta de que este mundo donde vivo anda cada día más cabeza abajo y más intolerante; que la vida en paz se ha convertido en un mito inalcanzable en muchas sitios; que andamos en América con el síndrome del retorno a la barbarie porque a dos o tres ricachos no les cae nada bien que los muchos hayan adquirido voz, conocimientos, inteligencia y derechos.

Cualquier tiempo pasado fue mejor, escucho decir a cada rato a quienes (más que yo) peinan canas. No son las antiestéticas canas del cuero cabelludo, esas que todos y todas ahora insistimos en hacer desaparecer a fuerza de tintes y potingues: son canas de las otras, de esas que se llevan en el alma y no la dejan crecer, perniciosas como insectos parásitos. Y a fuerza de oír una y otra vez las apologías del pasado, me he preguntado muchas veces si no será que la añoranza borda de maravillas los recuerdos y les tapa las imperfecciones, las roturas, las mentiras, las injusticias y las lágrimas.

Digo esto a propósito no de la memoria elemental del cuerpo, esa que hace exclamar a los viejos que la nueva generación está perdida, que en sus tiempos las cosas no eran así, que antes había más respeto, que en su juventud… bla, bla, bla. Lo digo precisamente porque apelo a esa otra memoria del género humano, de más profundidad y largo alcance que es la memoria histórica, esa sin la cual ningún pueblo consigue sobrevivir con su identidad a salvo.

La «querida y contaminada» anda cada día más revuelta por los cuatro costados, y no precisamente con olor a flores, sino a pólvora. América Latina padece una recurva a tiempos de fusiles, fraude y fabelas. La Argentina acaba de optar por la derecha y ahora se arrepiente; todos los días una marcha reclama algún derecho que hasta hace apenas unos días era conquista disfrutada. En Brasil, una conjura entre malversadores descabeza al inteligente gobierno que llevaba el Partido de los Trabajadores. Todas las semanas Evo Morales y Rafael Correa deben sufrir una calumnia diferente, encaminada a empañar lo bueno hecho a costa de sacrificio, trabajo duro y dignidad. Y en Venezuela… Venezuela es la muestra palpable de que, en materia de agresiones, nada nuevo hay bajo el sol.

Qué bueno es el vicio de las relecturas. Lo afirmo porque desde hace varias noches ando nuevamente con «Bloqueo. El asedio económico más prolongado de la Historia» bajo el brazo, en la parada, junto al plato de la cena, frente al monitor de la pc. Ya había leído en 2004 el interesante y develador trabajo de Andrés Zaldívar Diéguez, publicado por la editorial cubana Capitán San Luis. Pero estos vientos de azufre que nos cabalgan desde el Río Bravo hasta el Cabo de Hornos me han hecho volver a escudriñarlo, marcador en mano, porque a fuerza de ver tanta noticia voy sabiendo que no hay nada más similar a la agresión sufrida por mi isla que esa otra que ahora clava su saña en ese país con forma de corazón y que es palpitar de amor para la América Nuestra.

Leo los comentarios hechos sobre los documentos desclasificados de la Operación Mangosta, infamia que marcó las pautas del aislamiento político, económico y financiero de Cuba, no solo en el Hemisferio Occidental, sino en casi todo el concierto de las naciones de entonces. Suena lejano el año 1961; parece cosa trascendida; pero una ojeada somera a los acontecimientos y las circunstancias de hoy basta para querer hacer un ejercicio de sustitución. La geopolítica no es una ecuación algebraica, pero inténtelo usted, lector, lectora: tome los documentos desclasificados de la Operación Mangosta y donde dice Cuba ponga Venezuela; donde lea azúcar o industria azucarera, escriba petróleo e industria petrolera; donde aparezca la sigla URSS coloque la palabra Cuba; donde vea Castro, pronuncie Maduro y tendrá, actualizado y completo, un esquema de la guerra económica que ahora mismo enfrenta Venezuela.

¿Cómo puede ser eso posible?, se preguntará usted, que ha vivido y visto. ¿Cómo se pretende aplicar recetas viejas como la tos, fracazadas una vez y otra, como si fuera de estreno? ¿Acaso la gente no se percata? Una sola respuesta cabe a sus interrogantes. No, hoy pocos se dan cuenta. Porque a fuerza de propaganda estupefaciente, reality shows y calumnias mediáticas, amén de una constante apelación a la ignorancia colectiva y a la malicia disfrazada de «objetividad», las oligarquías han conseguido borrar de los de a pie eso que ya dije: la memoria histórica, que va quedando como patrimonio de algunos.

Yo, que padezco una inveterada «fe en el mejoramiento humano y en la utilidad de la virtud» (haciéndo mío una vez más a Martí), pongo todo mi optimismo es esos «algunos», capaces de alzar sus voces para hacer la luz en el marasmo de las oscuridades que quieren imponernos. Mi América está urgida de puños alzados, de que cada hombre o mujer de buena voluntad haga servir, para el bien común, sus herramientas de trabajo y su saber histórico.

Proteger a Venezuela y su revolución, salvar a los gobiernos populares americanos es la urgencia del tiempo presente y no puede dejarse para mañana porque mañana tal vez sea ya tarde. Que las alas del cóndor, desplegadas sobre esta gran patria nuestra, sean las alas de la libertad de cuantos la aman y habitan, no las de la sangre y los genocidios. Que a una sola voz y con un mismo horizonte los pueblos se alcen para trabajar juntos por un tiempo sin guerras, hambre, desplazamientos, ignorancia y pobreza. Que el himno unánime de la fraternidad inaugure la era del amor compartido.

Ese día, cuando encienda en la mañana mi tv, o cuando en las noches Dossier me desplace por una «querida y única nave espacial» (sin contaminaciones) llena de concordia y trabajo colectivo, podré respirar hondo y a sabiendas de que al fin, de una vez y para siempre, pertenezco a la especie biológica más inteligente del universo.



Pérez-Castro

Escritora, narradora, ensayista, guionista radial. Miembro de la UNEAC. Miembro de Honor de la Asociación Hermanos Saíz (AHS).


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