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Leo, luego existo

Una muchacha con uniforme de preuniversitario está sentada en los escalones de la entrada de su escuela. Hay por sus alrededores otros muchos, chicos y chicas bulliciosos, casi todos con teléfonos celulares, algunos con tablets, se intercambian cosas. La muchacha tampoco tiene las manos vacías, pero está sola y en silencio, concentrada en lo suyo. Un jovencito se le acerca y la empuja por la espalda: «Mija, suelta el librito, que te vas a volver loca…» Y ella lo mira sin decirle nada, pero a quien observa la escena le parece ver una pizca de conmiseración en sus ojos. En la cubierta del libro se puede leer un título: «Ensayo sobre la ceguera».

He escuchado esa misma frase en más de una ocasión, y no precisamente pronunciada por adolescentes. A mucha gente el acto de leer les sigue pareciendo una visa a la locura, al «tueste», y quienes leen por placer van siendo menos abundantes cada día, al menos de forma visible.

Tal circunstancia debiera ser una incongruencia, un contrasentido, en un país como Cuba. Si las cosas fueran lógicas, esta isla de alfabetismo total, escolarización obligatoria y libros subsidiados debería ser un paraíso de lectores. Sin embargo, si usted o yo vamos a cualquier sitio donde se reúna mucha gente que esté obligada a esperar mucho tiempo (una cola en el Registro Civil, por ejemplo), podremos comprobar que, salvo algún que otro señor mayor con un periódico en las manos, encontrar a alguien leyendo es casi una rareza. Y más incomprensible resulta si se sabe que es este un país donde los libros, sobre todo los infantiles, gozan de tiradas de privilegio que se venden como pan caliente.

Y muchas veces me he preguntado qué se hacen, dónde van a parar,  qué utilidad se les da a esos libros, habida cuenta de lo que vengo percibiendo a diario sobre la cantidad y calidad de los lectores detectables.

Leer es un hábito. Más aún: es un buen hábito. Se siembra desde los primeros años de la infancia, igual que limpiarse las uñas, bañarse a diario y no hablar con la boca llena. Este excelente hábito es formado al principio por la curiosidad y la imitación como ingredientes indispensables. Uno de mis primeros recuerdos es el de la voz de mi abuela leyendo para mí los cuentos que todo niño o niña llega a aprenderse de memoria; cuentos de princesas dormilonas, gatos estafadores, ogros antropófagos, madrastras espeluznantes y príncipes perfectos. Y la imagen de las cuatro mecedoras de la saleta ocupadas por los adultos de la familia, todos en silencio, cada uno con un libro en las manos, mientras yo, dejada a mi albedrío, los envidiaba a rabiar y ansiaba aprender a leer para no aburrirme nunca más en mi vida.

A lo largo de los años, los libros y la lectura han sido para mí objetos y actos fundamentales. Leyendo he recorrido el mundo, viajado al cosmos y explorado profundidades; he temblado de pavor, desentrañado crímenes, galopado llanuras, remontado ríos; he enfrentado a criaturas formidables y conocido héroes, para acabar concordando con el escritor famoso que reconocía un, día que el hogar propio está donde tienes un gato y tus libros.

Leer tiene otras bondades añadidas al hecho de espantar el aburrimiento. Un buen lector es alguien capaz de interpretar ideas y de escribir correctamente. Quien lee habitualmente posee, además, un vocabulario caudaloso y mayores facilidades de expresión. Tal vez por eso mismo siento que algo no marcha como debiera.

Para las personas menos viejas, salvo loables excepciones, el acto de leer un libro de más de 85 páginas se ha convertido en una cosa para la cual no tienen tiempo. La lectura se vuelve para ellos un simple y obligado ejercicio, practicado solo a la hora que mandan las asignaturas escolares; y fuera de ese contexto, ¡qué va! Una estudiante de la licenciatura pedagógica en Español y Literatura me confesó un día que estaba ansiosa por graduarse a ver si ya no tenía que leer más. El nombre de la chica me lo callo por pudor.

En pocas casas los libros ocupan el lugar preferencial, y los escasos que pudiera haber quedan relegados a un rincón poco visible, porque, como dijera cierta ama de casa ejemplar, «solo sirven para acumular polvo».

En un país como Cuba, donde el estado destina pingües presupuestos para la industria editorial; donde existe una amplia red de bibliotecas públicas y docentes; donde cada provincia cuenta con su casa editora y abundan los buenos escritores; donde se realizan ferias del libro de enorme impacto y alcance, el hábito de leer va quedando en el pasado. Muchísimas familias han relegado de sus prioridades la tarea, tan doméstica como cepillarse los dientes, de fomentar en sus muchachos y muchachas el deseo de leer, la voracidad por el conocimiento y el atesoramiento de saberes, y han descargado completamente este cometido sobre los hombros de la escuela.

Hoy la curiosidad infantil ante el universo que nos rodea se resuelve sentando al angelito frente al televisor o la computadora, a ver animados de Dora la Exploradora o a entontecerse con jueguitos matagente. Y yo vuelvo a recordar cuánto aprendí sobre geografía, costumbres, arquitectura, épocas, botánica, marinería o supervivencia en los libros de Salgari, Hemingway, Verne y Thor Heyerdahl.

Concuerdo de manera total con la frase martiana que dice más o menos algo así como que un libro bueno es igual que un amigo viejo. Las eras cambian, el mundo evoluciona, y vivimos hoy en día sumergidos en un tiempo donde lo audiovisual es preponderante. No obstante, algo debe hacerse para salvar de la muerte el placer de la lectura, para fomentar la lectura inteligente; aunque no me parece que sea con campañas y programas como vaya a lograrse.

Nos falta andar un tramo para ser cultos, pero somos un pueblo creativo e instruido. Y en esa creatividad está el rescate. Saber leer es saber pensar, sobre todo si se lee con gusto. Tal vez un día en Cuba podamos modificar un poco la frase del filósofo francés René Descartes y digamos con toda propiedad: » , luego existo.

 

 

 



Pérez-Castro

Escritora, narradora, ensayista, guionista radial. Miembro de la UNEAC. Miembro de Honor de la Asociación Hermanos Saíz (AHS).


2 thoughts on “Leo, luego existo

  1. Anabel

    Pienso y concuerdo totalmente con este articulo de mi amiga, en lo personal, Mariela Perez-Castro, sobre el buen hábito de leer. Es una pena que principalmente los jovenes esten perdiendo la gustosa e imprescindible costumbre de leer, digo esto porque desde mi experiencia, creo que leer un buen libro es tan necesario como vivir, pues te aporta un conocimiento aun mayor del que ya podamos tener, nos prepara para afrontar una x situacion que quizas nunca pensamos que nos pudiera pasar y nos pasa y sabemos que actitudes tomar gracias a al basto nivel intelectual que nos puede proporcionar la lectura. Para mi un libro es un amigo que cuando lo leo su contenido y enseñanza se quedan conmigo para siempre.

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  2. Josvani

    Querida Mariela:
    Me acerco a este formidable escrito luego de mucho tiempo de haberse publicado y cerca del marco de la Cruzada Literaria, próxima a efectuarse, donde tu presencia es imprescindible y obligatoria.
    Lamento no haberlo leído antes y ser víctima del devorador tiempo que me obliga a dejar cosas para después, cuando tengo comprobado que pueden sobrevenir obstáculos que me hagan olvidar metas trazadas con anterioridad.
    Decir de la necesidad de que este escrito sea leído e interiorizado por personas capaces de concientizar la importancia de esta «prioritaria tarea», como certeramente afirmas, es redundar sobre lo que tú inmejorablemente planteas, aunque pueda resultar adulador mi modo de decirlo. Odas y loas a este escrito que tan medular tema aborda y que no debe ser ignorado. Solo me sumo humildemente a ti con este consejo para todo el que se acerque a este portal digital.
    «No dejen para mañana lo pueden leer hoy»

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