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La revolución de la ternura

Foto: tomada de edición digital de Juventud Rebelde

 

«Vivo en un país libre», canta un trovador. Y lo sigo.  Mejor dicho, lo seguimos. Somos un coro de millones de voces a una, elevadas por el espíritu de la unidad, que hace de esta patria un sitio único, enorme a pesar de su pequeñez geográfica.

La sexta isla más extensa del planeta vive jornadas de especial significado. Dejando a un lado credos, compromisos, posturas, los cubanos hemos vibrado en una sola cuerda: la de la unidad nacida del amor umbílico brotado de la tierra que nos vio nacer.

Hace dos años, la noticia de la renuncia del Papa Benedicto XVI al trono de San Pedro, estremeció los cintillos de los titulares de prensa del mundo entero. Siguieron jornadas de incertidumbre hasta que por la chimenea vaticana brotó el humo blanco, y desde la ventana de los anuncios, el «Habemus Papam» tradicional llevó a todos los confines la certeza de que el Estado Vaticano tenía un nuevo mandatario y la Iglesia Católica un nuevo vicario universal. Jorge Mario Bergoglio se llamaba el elegido. Y el pasmo subió al clímax cuando se supo que el pontífice es de la Patria Grande Latinoamericana, habla español, y ha tomado para sí el nombre de uno de los hombres que optó, además de por la alegría, por el camino del servicio a los humildes y a los desposeídos: Francisco.

A quienes no son muy conocidos los santos y su significado, es probable que nada les haya dicho el nombre asumido por el Papa. El argentino no se ha hecho llamar así por gusto, sino porque ha tomado como modelo de vida y actuación a aquel italiano llamado Francisco de Asís, quien en una época medieval nada propicia a los ejemplos positivos, hizo dejación de sus riquezas, vistió el sayal de la humildad y se fue, cantando de felicidad, a consolar a los descalzos y los hambrientos, a vivir la vida de los pobres.

Y este Francisco de Argentina, el contemporáneo nuestro, está siendo consecuente con los paradigmas que se ha propuesto seguir: no en balde los medios de prensa occidentales le llaman «el Papa comunista». Nunca antes hasta hoy, un Sumo Pontífice se había negado a habitar las regias mansiones de la Colina Vaticana, ni había abandonado las limusinas para trasladarse en transporte colectivo, como cualquier ciudadano. Jamás se ha hablado desde Roma tan fuerte y tan verazmente como ahora de la necesidad de habitar un mundo libre de las suciedades de la guerra y el odio entre hermanos. Es la primera vez que se intenta hacer limpieza en casa —y cuando digo «en casa», me refiero a la Iglesia— denunciando corrupciones, delitos y prácticas torcidas. Ningún Papa había pedido, hasta estos tiempos,  perdón al mundo por las atrocidades cometidas en nombre de la fe como este Francisco de la humildad y la llaneza.

Y hoy, a esta hora, este peregrino de la misericordia nos deja para continuar su misión pastoral donde sabe que es más necesario. Hasta hoy Cuba ha vivido cuatro jornadas jubilosas al recibir al hermano portador de las buenas noticias —porque eso significa la palabra «evangelio»: buena noticia—. Bajo el cielo de Cuba se ha vivido un tiempo de alegría, de abrazo; una confirmación de la paz y la solidaridad que lleva este trozo de planeta donde quiera que es llamado.

Puede ser que a los ojos de muchos resulte incomprensible esta afirmación, no hecha desde el credo, sino desde la convicción: vivimos la revolución más tierna de la Historia. Porque, ¿qué es una revolución como la nuestra? Es dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, alfabetizar al que no sabe leer, curar al enfermo, confortar al que sufre, dar amparo al abandonado y techo al que no lo tiene,  esté donde esté, sin pedir a cambio nada, sino únicamente la buena voluntad de quienes reciben, por derecho, lo que siempre debieron tener. A tenor de estas prácticas, anda Cuba por el mundo en la piel de sus hijos mejores, llevando salud, conocimiento, cultura y cordialidad por los rincones más olvidados del planeta.

Y observemos con mayor atención estos principios de cualquier revolución social que mire al terreno de los pobres de la Tierra. Son tan antiguos como el hombre —en tanto especie— mismo. Para los creyentes cristianos, son identificables; para los ateos brindo el dato: pueden leerse en el bíblico libro de Isaías, capítulo 58, versículos 6-8, 9 y 10. Y permítaseme soltar una herejía más, salida desde lo más profundo de mis convencimientos, a la vista del ejemplo y la palabra de este hombre que se llama su pastor: Cristo no solamente fue el hombre formidable y fuera de época que resultó, sino el primer comunista de la Historia de la humanidad. Y al ejemplo de ese comunista, el Papa Francisco, desde su ser católico, es consecuente. Y en Cuba, Francisco de los Pobres nos lo ha dejado ver con claridad.

Una palabra justa ha tenido Francisco para todos. Para el pueblo, una convocatoria a la hermandad, a la concordia y a la comprensión; para los consagrados, el ruego de que sean, ante todo, compasivos desde el verdadero significado del concepto, que es «compartir el dolor»; para los jóvenes, el llamado a cuidar lo conquistado y a velar por el futuro sin miedo al desempleo y a la falta de horizontes; para las familias, la invitación a ser eso, familia, refugio.

Francisco conquista, y no precisamente por su carisma ignaciano. Lo hace desde la sinceridad que todos notan bajo ese rostro buenazo y esa sonrisa de abuelo comprensivo. Conquista cuando besa al deforme y conversa llanamente en plena calle con la pequeña que lo invita a su cumpleaños. Nos roba el corazón cuando abandona las homilías redactadas para hablar de tú a tú con sus escuchas desde la reflexión de quien conversa, y cuando se aproxima al dolor con un ademán cálido; o cuando hace trizas el protocolo para ser un humano más entre humanos.

Y nos acaba de rendir cuando pensamos que este anciano sabe que hay muchos en este mundo que no lo quieren bien porque desde su posición de innegable liderazgo los señala y los conmina a lo mismo que Cristo conminó al joven rico: «Si quieres entrar al reino de los cielos vende todo lo que tienes, repártelo entre los pobres, carga con tu cruz y sígueme»; reino de los cielos que quiere decir reino de la igualdad de todos. Se entiende: con tanto compromiso con los desposeídos, con tanta revolución en la Iglesia Católica, más de un interés creado en peligro debe amenazarlo de forma cierta, tal como a Juan XXII le sucediera en su momento. Ya era necesario un Papa como este, capaz de afirmar que quien no sirve a los demás no sirve como ser humano.

Papá Francisco (el acento es con toda intensión) pide siempre que recen por él. Yo no suelo rezar, pero desde el fondo de mi corazón pido por tu seguridad, Papá Francisco, por tu salud, por tu claridad mental, porque nunca te flaquee la valentía, y porque nos dures muchos años al frente de las conciencias de los hombres de buena voluntad. Amén.

 

 

 



Pérez-Castro

Escritora, narradora, ensayista, guionista radial. Miembro de la UNEAC. Miembro de Honor de la Asociación Hermanos Saíz (AHS).


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