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La animación: esa frontera entre lo real y soñado

Una de las formas más contemporáneas del audiovisual es la animación, con esa infinitud de recursos que se extienden a medida que se desarrollan las tecnologías. Aunque el principio de la animación se remonta al hombre del Paleolítico, quien ya intentaba capturar el movimiento a través de dibujos de bisontes en las paredes de las cuevas, se puede considerar como una de las expresiones que más desarrollo ha alcanzado en la postmodernidad.

Desde entonces esta técnica ha estado estrechamente vinculada a expresiones como la pintura, la escultura, el teatro de sombras, la fotografía y por supuesto el audiovisual, siempre que entendamos por animación al procedimiento de atrapar o simular el movimiento a través de dibujos, muñecos, siluetas, etc.

Aunque la historia del cine tiene capítulos ilustres, escritos por maestros de la animación como Ralph Bakshi, Yuri Norshtéin, Aleksandr Petrov ,Hayao Miyazaki y muchos más, todavía se sigue considerando al dibujo animado como un género menor, asociado siempre al puro entrenamiento infantil y a fines educativos. Ciertamente estos propósitos han sido sobreexplotados por las grandes productoras de entretenimiento como la Walt Disney, que también tiene obras valiosas, lo cual predispone el espectador ante una película animada.

Sin embargo hacer animación constituye un reto para cualquier artista, pues requiere un alto dominio de las técnicas y habilidades en el diseño y el dibujo. Si en el cine el realizador parte de la realidad para crear nuevos significantes, en la animación la realidad en su totalidad surge del universo sensitivo del creador. Lo cual significa que en una película animada, no solo el contenido de la cinta está cargada de expresividad, sino también la película en sí.

Como bien explica Dean Luis Reyes en su libro La forma realizada: el cine de animación, publicado por ediciones ICAIC en el 2014, entonces estamos hablando de una creación de segundo grado, donde el artista no solo dota al objeto de simbolismo, sino que crea el objeto en sí, lo cual le aporta un nuevo significado al objeto creado. Por tanto es la película en su totalidad una metonimia del mundo objetivo.

Cada personaje, cada puesta en escena, cada plano, es producto de una búsqueda de estéticas que deben estar ya bien sólidas cuando se emprende el proceso de producción. Cada detalle del filme debe estar pensado; los animadores son, hasta cierto punto, como demiurgos, capaces de materializar ideas puramente abstractas en trazos perfectos. También se debe poseer un gran conocimiento de los fenómenos físicos, ser un gran observador del mundo, para dominar cómo funciona la mecánica de los cuerpos y sus expresiones, el funcionamiento de la luz. El animador es fotógrafo, actor, escenógrafo, sonidista, y todas las especialidades a la vez. A lo anterior se le suma la alta capacidad de concentración y de paciencia que se debe tener para realizar el incalculable número de dibujos que lleva una película.

La simbología de la animación trasciende al plano objetivo, lo transgrede, no lo reproduce. Es esta la importancia de prestar más atención a las propuestas estéticas y a las técnicas que se utilizan, porque ellas también forman parte del discurso.

A la par de cualquier otro género, cada año en los más prestigiosos festivales de cine del mundo, como pueden ser el Oscar y el Cannes, se premian los cortometrajes y los largometrajes que apuestan por la animación como recurso; entonces solo nos queda, como espectadores, ser un poco más receptivos y abiertos, para no perdernos la posibilidad de disfrutar de este universo.




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