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Estereotipos o cómo tener una vida más feliz

Foto: Tomada de internet

All generalizations are dangerous, even this one.

Los estereotipos, al ser estructuras mentales bastante simplificadas, condensadas, nos ayudan a entender el mundo, a organizar el discurrir caótico del pensamiento del hombre postmoderno que se enfrenta minuto a minuto a una vorágine de información cada vez más visual. También textual, en el sentido restricto de texto como pieza escrita, ahora con el universo digital y la internet, casi siempre en 140 caracteres o menos.

En suma, los estereotipos, especies de patrones o normas aceptados por la mayoría a la manera de un consenso no escrito, resultan útiles para conducirse por la vida social. Ahora bien, ellos no surgen por generación espontánea; detrás tienen condicionantes históricos, sociales, económicos, y, por supuesto, culturales.

El estereotipo mitifica, en el sentido de mito tal y como lo entiende el semiólogo francés Roland Barthes. Su intención es hacer pasar por natural lo que es en realidad una construcción histórica. No hay ingenuidad en los estereotipos, y no se habla aquí del estereotipo estilo cliché cinematográfico, sino más allá, de esos que bajo una ingenuidad aparente nos llevan sin cuestionamientos a encasillar, etiquetar, a conformarnos ciertos guiones mentales de acuerdo con los cuales esperamos determinados comportamientos de los diferentes grupos sociales.

Lo más peligroso de los estereotipos, en cambio, no reside ahí, sino en la facilidad con que les son trasmitidos a cada generación. Pero vayamos a la concreta, como se dice en buen cubano, y aterricemos esto con algunos ejemplos.

Hay un chiste muy circulado (circulado porque circula, se mueve, llega a varias personas, no porque sea perseguido por las autoridades, ¿eh?) que indica: blanco con maletín, empresario; negro con maletín, traficante. He aquí un magnífico ejemplo de estereotipo racial. Las personas de raza negra, tras siglos de vivir al margen, desde la esclavitud colonial hasta el apartheid moderno; tras ser obligadas a vivir en extramuros; tras no tener acceso a la educación o al trabajo digno, son impunemente asociados con la delincuencia, sin pensar no ya que hoy la igualdad racial es un derecho vigente, sino que a ellos por muchos siglos se no se les dejaba más camino que este.

Si hubiera sido al revés, si por ejemplo, los blancos hubieran sido las víctimas de la esclavitud o el apartheid, el estereotipo sería el mismo, solo que a la inversa. Aun hoy, si alguien pregunta quién tiró la tiza, se le responderá que el negro ese. Incluso hoy, cuando los afrodescendientes gozan de las mismas oportunidades que el resto de los grupos étnicos, de ellos se espera que sean grandes deportistas más que eminentes científicos.

De un hombre que se vista con el atuendo que la sociedad ha determinado propio de las mujeres, se dirá sin remilgos que es m… porque se ignora que el travestismo es más un fenómeno de identidad de género que de orientación sexual. Ahí está Shana, el personaje del último culebrón brasileño que trasmite la televisión cubana: un mulato gigante, peluquero y travesti que se siente atraído sexualmente por una carioca despampanante.

La misma lógica se aplica una inmensidad de fenómenos. Si tenemos determinado champú, o pulóver o lima de uñas que nos fue traído de a-fuera, pues inmediatamente se asume que tiene una calidad superior a artículos similares de producción nacional. No importa si la etiqueta pone made in USA, o China o Australia: si viene de a-fuera, ya se considera mejor.

Todos sabemos que la idealización del extranjero, de lo extranjero, es consecuencia del trato preferencial que se le dio al turista desde la apertura del mercado del turismo en los años 90. Con el turismo y las remesas de los emigrandos cubanos comenzaron a entrar al país una serie de productos jamás visto en la Isla, acostumbrada al consumo homogeneizado del CAME. Si a ello se le suma el deterioro de la industria ligera del país, pues se encuentra la explicación para este particular. Pero, ¿cuántas personas se detienen a reflexionar esto cuando presumen de tener productos de a-fuera?

El refrán popular que versa: «Dime con quién andas y te diré quién eres», pone también en la mira al estereotipo. Tengo una amiga a la cual su familia prácticamente le dio la espalda por causa de este cliché. Ella salía con un muchacho de modales finos y pelo largo a quien etiquetaron de gay sin pestañar; y claro, si él era gay ella tenía que ser lesbiana. ¿Les parece absurdo? Piense cuántas veces no ha juzgado siguiendo esta lógica. Es cierto que las personas con gustos e intereses afines forman grupos, se unen; pero de nuevo: no es válido generalizar. A todos mis amigos les gusta leer; unos prefieren la narrativa y otros la poesía; dentro de los que prefieren la poesía a algunos les gusta el Romanticismo y a otros el Modernismo, y entre los que prefieren el modernismo a unos les encanta Martí, a otros, Rubén Darío.

Todas las mañanas pido botella para ir al trabajo. Para los lectores de a-fuera, les digo que pedir botella es lo mismo que pedir aventón, viajar a dedo, hacer auto-stop o asking for a ride. Muchas veces ya me han preguntado los choferes si yo vivo en Saratoga, zona donde me recogen y un barrio popularmente conocido como marginal. Sí, yo vivo aquí —contesto, y sus respuestas alternan entre: “No tienes cara de ser de aquí”, “No tienes pinta de ser de aquí”, o un asombrado y escéptico “¿Siiii?». De las mujeres de Saratoga se espera, tal y como me dijo uno de estos choferes, “que se pongan licras estampadas, grandes aretes, cadenas de acero quirúrgico, que tengan el pelo con tratamiento —entiéndase keratina—, las uñas acrílicas y los calcañales rajaos”. Quien así me ilustró su estereotipo, dijo vivir él mismo en esta área, así que “sabía lo que decía”. Yo le pregunté si su esposa era de aquí también.

Conmigo trabajan en la Asociación Hermanos Saíz creadores tremendos nacidos y criados en El Jardín o La Guernica, otros barrios catalogados de orilla. Tuve excelentes alumnos de preuniversitario que vivían en Florat. El contexto, el entorno, las circunstancias inciden en la formación del individuo, pero no lo determinan. Por el solo hecho de vivir en estas zonas de ellos se espera socialmente que, por lo menos, los tuvieran fichados como potencial delictivo.

Vuelvo al tema de los choferes. Ustedes, lectores, no imaginan la diversidad de personas que se conoce haciendo botella. Al iniciar la conversación suelen preguntarme hasta dónde voy. Les indico que me quedo cerca del Casino, conocido parque urbano de Camagüey. Ninguno —y a esta generalización no le temo—, ninguno hasta ahora ha asumido que voy a trabajar. Adivinan si ando de paseo, o de compras, o voy a hacer visitas. Yo los dejo hacer suposiciones, a ver si alguno se les ocurre decir “¿Vas a trabajar?”; pero nada: parece que desde que el barquero dijo “las niñas bonitas no pagan dinero”, la gente cree que a una le regalan un salario mensual por su linda cara. Ya cunado les comento que soy periodista, han llegado preguntarme si uso espejuelos, “porque la gente que usa espejuelos es un taco” (acoto: ser un taco significa ser inteligente).

Todos los políticos son corruptos, todos los gerentes roban, todos los homosexuales son trágicos y promiscuos, todos los hombres son infieles, todos los ingleses son flemáticos, todos los cubanos saben bailar, las rubias son tontas, los niños dicen siempre la verdad (a propósito de este singular les propongo acercarse al filme danés La Caza o Jagten, como es su título original). ¡NOOOOOO!

Señoras y señores, los estereotipos no son verdades de Perogrullo. Los estereotipos muchas veces humillan, menosprecian, atan. Si usted quiere formar a un ladrón, a un delincuente, simplemente trátelo como tal: justo eso hacen los estereotipos. A partir de hoy libere su mente de esos esquemas, o por lo menos, deténgase a reflexionar acerca de la historia detrás del estereotipo; verá así la diversidad rica y compleja del universo social en el que vivimos. A lo mejor entender el mundo sin estereotipos se le haga más difícil, pero le garantizo que será usted más feliz.




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