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Esos, los extraordinarios

Adiviné a Dalia Soto del Valle llorando a mares tras los espejuelos oscurísimos del luto y solo en ese momento supe que había muerto un hombre. Su dolor pesaba demasiado y apenas le dejaba fuerzas para sostener con digna marcialidad la urna pequeña donde iba el gigante hacia su descanso eterno, en el cementerio de Santa Ifigenia, Santiago de Cuba.Verla en los temblores de los sollozos estremeció todos mis cimientos. Imaginé que tal vez su angustia crecía al intentar contenerse, mantenerse firme para el mundo que la miraría después a través de las cámaras dispuestas con discreción en la íntima ceremonia familiar de inhumación. Ahí sufría una esposa la pérdida del esposo; una mujer pasaba por la agonía indecible de apartarse del hombre de su vida, del padre de sus hijos. Dalia puso ante mí a un Fidel desconocido: a la criatura terrenal.

En medio de días de transmisiones televisivas donde constantemente se evocaba al Líder histórico de la Revolución Cubana, al estadista, al guerrillero, al joven rebelde, al intelectual, al orador e incluso al amigo, pero jamás al esposo, al padre, al hermano, al abuelo, al tío que también fue… pues acabé por olvidar que Fidel estaba hecho de carne y hueso.

Por qué pensar ahora en Fidel como en un Dios, si el que echara su suerte con los pobres de la Tierra se lo debemos al que padecía las mismas miserias que el resto de los mortales. Por qué insistir en colocarlo en un pedestal inalcanzable, cuando él mismo se alejó siempre de los castillos de cristal y cortaba caña a la par de los macheteros millonarios en la Zafra del 70, y recogía a punta de pala los escombros dejados por el ciclón, y andaba por la Isla en jeep, sin carros blindados ni chalecos antibalas…

Los pioneros, las mujeres, los ancianos entrevistados derramaban lágrimas por el político redentor que cambió el rumbo de un país, y de traspatio de Estados Unidos lo convirtió en faro del mundo. Dalia lloraba al marido, y su pena era una pena que podía compartir.

Para mí, que nací en los noventa y del crudo Período Especial no conservo recuerdos porque no tenía edad suficiente para almacenar recuerdos; que no conocí los rigores del capitalismo, ni la efervescencia de los 60 o los años de prueba y decantación en la década del 80; que heredé una Cuba hecha y derecha y que solo en herencia y mediante los libros de Historia experimenté los sucesos trascendentales de la Revolución; para mí está más cercano el dolor de una mujer. Con él me identifico, en él me reconozco.

Siempre conmueve el testimonio de un campesino que aprendió a leer gracias a la Campaña de Alfabetización impulsada por Fidel; conmueve, sí, escuchar los lamentos de ese campesino al que no le alcanzó la existencia para agradecer al quien le ofreció la luz de la enseñanza. Pero yo estudié en escuelas nuevas construidas en el plan de obras de la Batalla de Ideas, con maestros emergentes, video-clases, computadoras y escapa así a mi imaginación el lápiz, la cartilla y el manual del alfabetizador. Y no pertenezco a una generación desagradecida ni egoísta ni inconforme, a una generación que se ha olvidado de la Historia que nos puso aquí; simplemente sucede que no soy ni campesina, ni alfabetizadora ni alfabetizada; en cambio comparto con Dalia la condición de esposa y en su piel me coloco.

Como casi todos los cubanos, sé poco o nada de la vida de esta dama que algunos dicen enamoró al Comandante con la belleza de sus tiernos 17 años, en una tribuna de Cienfuegos. En mi memoria quedará como la señora que me hizo abrir los ojos a una verdad ineludible: esos, los extraordinarios, ¡también son hombres!




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