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Error de redundancia

El grupo crecía conforme avanzaba la tarde. Todos, de tanto en tanto, comprobaban la hora. Esperaban de pie, ansiosos por pasar al café literario La Comarca de la Casa del Joven Creador, en la sede camagüeyana de la Asociación Hermanos Saíz (AHS). Hacía algún tiempo ya desde la última vez que la AHS puso un alto al ir y venir de su cotidianidad cultural para desempolvarse por dentro: ¡por dentro y por fuera!

Y fíjese que no se habla aquí en modo figurativo; tome esas palabras en el plano de lo literal. Resulta que este miércoles los trabajadores limpiaban la Casa. Quien no fuera un habitual de este lugar, jamás habría adivinado que la mujer que barría el piso era una bailarina, o que el jovencito de los cubos con agua dirige el proyecto sociocultural Golpe a Golpe. Meseros, directivos, artistas, ponían brío a los instrumentos de limpieza. Debía hacerse bien y hacerse rápido; la tropa que aguardaba por entrar cada vez mostraba menos paciencia. (Cabría preguntarse aquí por qué, en vez de quedarse a mirar, no ayudaban al personal de la AHS y así acababa todo más rápido).

Pero el tema de la indiferencia es asunto para otro comentario. Este de hoy trata sobre un colectivo al cual no fue necesario amenazar con descuentos salariales, ni obligarle a firmar una hoja de compromiso para que dedicara la tarde a volver más acogedor y agradable su espacio de trabajo, que es, a la par, el sitio de encuentro, entretenimiento y recreo de muchos, de muchos más que los que permanecían afuera a la expectativa de la apertura del local.

Bastó con que el presidente, Yunielkis Naranjo Guerra, lanzara la convocatoria al trabajo productivo. Sí, leyó bien; en la AHS de Camagüey se le llama así: trabajo productivo, y no solo porque en verdad produce (higiene, bienestar, satisfacción…), sino porque se prefiere este adjetivo al calificativo voluntario que, lamentablemente, se ha vaciado de su carga semántica en varias escuelas, empresas, instituciones, donde hay que exigir que surjan voluntarios. Suena ilógico, pero suele ocurrir así en la práctica. ¿Será que la indolencia se ha vuelto epidemia?

Por fortuna, aún quedan colectivos como el de la AHS de esta provincia a los que, si se citara para un trabajo voluntario en horas extras, se cometería una redundancia. El personal de la Asociación ama su labor, siente muy suyo ese espacio, no olvida el esfuerzo que significó conquistarlo ni el tiempo que le llevó construirlo, edificar con sus manos las paredes, y con su arte la superestructura cultural que aquí se alberga.

A estas alturas está claro ya que la jornada de limpieza no constituye noticia, sino la manera en que los trabajadores de aquí la abrazan. Ojalá pronto su actitud se multiplique en las escuelas, en las empresas, en las instituciones, y deje así de ser titular de prensa. Ojalá que la disposición para el trabajo no remunerado se convierta en un deber ser y no en un ser excepcional, en un caso aislado merecedor de crónicas periodísticas.




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