Antonio Guerrero

El arte que liberó a los héroes

Foto Yahily Hernández Porto
«De los «Cinco» —recordó Tony Guerreo, al iniciar su diálogo familiar y franco con los noveles artistas del Camagüey, en la Casa del Joven Creador (CJC)—, a Gerardo, Ramón y a mí nos hicieron prisioneros en las cárceles más injustas, más duras, donde ubicaban a los sentenciados de por vida, en el año 1998. Pero no fue hasta el 2002 que llegué al patio de la prisión, momento en que comienzo a conocer sus lugares y por surte descubrí en uno de esos cuartos cómo pintaba un hombre negro, un afroamericano para los norteamericanos.

«Este hombre negro —narró Tony— sin pensarlo compartió conmigo su cartulina y lápiz. Él me invitó categóricamente a pintar y no me negué. Desde ese momento el intercambio a través de la pintura creció entre nosotros, hasta que nos convertimos en compañeros de celda. «Nunca antes había pintado, pero mi profesión me acostumbró a realizar constantemente trazos sobre cuadrículas. Esa rutina me ayudó a pintar cuadros a través de esa técnica, la que perfeccioné con el tiempo.

«El primer retrato que dibujé fue el de mi madre y luego al Che. Poco a poco me fui convirtiendo en dibujante, hasta que un buen día un indio nativo, que era quien más pintaba en la prisión, quien vivía del negocio del retrato, casi que se lo tumbo de tanto que pintaba.

«Pero la diferencia —continuó— entre él y yo era que yo pintaba para ser libre. Por eso le dije: «No te preocupes, que aquí el pintor eres tú, yo solo pinto por sentirme mejor y más libre desde atrás de los barrotes». Así me convertí en un pintor de retratos, porque me sentía libre, más cerca de Cuba y de mi gente.

«Luego aparecieron los lápices de colores y le puse color a mis pinturas; después llegaron las acuarelas, detrás vinieron los «pasteles» y así llegué al óleo, que me transformó en un hombre mucho más libre, más ocupado y con mucha más suerte que otros en el penal, a pesar de mi sentencia.

«Recuerdo —dijo Tony— que hubo un encierro de casi un año. ¡Imaginen a un hombre en un cuartico muy pequeño con solo un royo de papel higiénico…! Convertirme en pintor fue la mejor de las suertes durante ese largo aislamiento. Así nacieron los cuadros de las mariposas, luego los de las flores autóctonas y el de Fidel, que formó parte de mi vida desde ese momento. Uno de esos días, en una inspección, el guardia que verificaba los cuartos lo vio tan gigante frente a él, que ni se molestó en quitarlo. Eso valoraba cuán importante eran mis cuadros.

«En la prisión teníamos un local muy pequeño donde se pintaba y otro para la talabartería, pero este último desapareció para convertirse en otro en el que también se pintaba. Éramos además tres personas que pintaban, pero yo —que no dejaba de dibujar ni por un día, porque para mí era algo muy fuerte: la vida misma—, llegué a pintar los cuadros de Silvio en sus conciertos por los barrios, porque él me hizo llegar varios retratos de estas giras y los fui combinando, a petición suya. Los cuadros de Silvio por los barrios se multiplicaron a tal punto que de la noche a la mañana los dos cuartos se llenaron de obras y así nació la primera exposición.

«A veces los hombres y mujeres no saben ni imaginan lo que son capaces de hacer y hasta de trasmitir; de abrirse a los demás, a través de esas acciones y poderes de hacer cosas que aún no conocen, hasta un buen día, y así nos ocurrió a los Cinco: nos redescubrimos en la cárcel.

«Andro, así se llamaba aquel amigo que pintaba, fue quien al compartir su cartulina y lápiz conmigo, me dio una forma diferente de ver y sentir la prisión. Y de igual manera me ocurrió con la poesía.

«Igual que pintar, yo nunca pensé escribir poemas. Y es que realmente el hombre es por esencia lo que no se ve. O sea, el hombre es su pensamiento infinito. Y en esa celda bien pequeña, de la que ya hablé, la que recorría incesantemente de un lado para otro, no solo comencé a pintar, sino que sin sospecharlo me vino a la mente un poema y lo escribí.

«Y es que al igual que la pintura, me resultó agradable inventarme un poema y me sentí nuevamente mucho más libre en aquel encierro de casi un año. Tal cual la pintura, la poesía fue el modo que encontré; el más directo, para comunicarme, para expresar esos pensamientos que dibujan y hacen al hombre que somos y que llevamos por dentro, a ese hombre infinito que nadie ve.

«Al principio mis poemas no eran sonetos, sino versos libres, luego retomo a Martí, a ese gran Maestro, y comienzo a escribir los octosílabos, hasta que espontáneamente expreso un verso más largo, más grande; y así nacen los endecasílabos. Sin darme cuenta, la métrica de ese verso era distinta. Ese instante fue como si cogiera el pincel, la brocha, y le pusiera pintura a mis cuadros a través de la poesía.

«Ese deseo de escribir creció tan profundo en mis adentros que llegó a perfeccionarme como poeta. Si hubiera tenido la perfección, la idea, el conocimiento previo, no me hubiera salido tan bien aquel endecasílabo, al que le agradezco infinitamente.

«Escribir y pintar fueron necesarios para sobrevivir en ese encierro. Yo no dejaban de pintar y de escribir, ni cuando encadenados por las muñecas, por la cintura y por los pies, nos sacaban al patiecito. Me las inventé para ponerme, cuando nos sacaban encadenados al patiecito, dos medias y esconderme entre ellas el lápiz y el pedacito de papel, para no dejar de escribir. A veces al revisarme descubrían mi tesoro, pero no siempre me lo quitaban, porque sabían que mi deseo era escribir y pintar.

«Y es que para para Los Cinco era importante crear, como lo hacen ustedes en esta Casa tan linda. Levantarse todos los días pensando en hacer algo positivo, bonito y útil, y no solo para uno mismo, sino para los demás, para la vida y por la libertad, hace que un día la vida te sorprenda, como me sorprendió cada minuto en esa prisión a este «escritor» y «pintor».

«La capacidad del ser humano es infinita y esa capacidad te asombra al demostrarte cuánto más podemos hacer para serle útil a la vida. Y esa es una de mis enseñanzas: «El arte, la cultura, la poesía y la pintura fueron las vías para sentirme libre en la prisión».

Y así Tony, el Héroe de carne y hueso, muy de cerca a los jóvenes agramontinos, a los creadores de la AHS, volvió a convertirse en un artista nato, ese que quizás llevamos muy adentro los cubanos. Esta vez en vez de escribir poemas, pintar y narrar, junto con los noveles talentos cantó a sus héroes; afinó su voz en la letra de El Mayor, de la autoría de Silvio Rodríguez, y no dudó en compartir su libertad y el ser tan lindo y humilde que lleva por dentro.

Pero Tony además recibió algo bonito y útil: el abrazo de los héroes, en la voz femenina de la joven, Lolixaidys Díaz, quien interpretó magistralmente y a viva voz, Su nombre es pueblo (A los héroes), de Sara González. Así selló la noche con Cuba que Linda es Cuba, de Eduardo Saborit, entre el rapero Eliecer, solistas improvisados y otros que emocionados también se convirtieron en cantantes y trovadores, tal vez por el hecho de ser libres y sentirnos muy cubanos.



Yahily Hernández Porto

Periodista, corresponsal de Juventud Rebelde.


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