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¿Doramas la vida, o la doramos?

Foto: Tomada de internet

 

Los cubanos (por favor, olvídense de la escritura de género; cuando digo cubanos me refiero también a las cubanas) somos noveleros por naturaleza. Desde que el santiaguero Félix B. Caignet, hace ya un montón de años, tuviera la peregrina idea de radiar «El collar de lágrimas» y más tarde «El derecho de nacer», no ha habido noche en Cuba sin las peripecias sufridas por parejas protagonistas, quienes, después de mucho llorar, penar, desesperarse y lidiar con los «malos», logran concretar finalmente el ansiado happy end donde comen perdices y ni a usted ni a mí nos brindan.

¿Qué maravilla inventó el autor de «El ratoncito Miguel»? ¿O qué engendro? Me contaba mi abuela que se podía seguir las peripecias de Albertico Limonta o las del Rey de los Campos de Cuba, o las aventuras del detective chino Chan Li Po con solo andar despacio las aceras. Todo el mundo escuchaba, en tertulia familiar silenciosa y emocionada.

Con la llegada de la televisión (Cuba fue, si mi memoria no me engaña, el segundo país en tenerla), los dramones radiales encontraron terreno fértil y muy demandado. Y de Cuba se expandió por todo el orbe −lo mismo que el son, el bolero y el mambo en su momento− el negociazo de las telenovelas.

Con mayor, menor o ninguna dignidad, no hay país del mundo donde no se produzcan dramas por captulos. Lo que pudiera parecer un fenómeno más afín a nosotros los latinos, ha encontrado acogida en sitios tan exóticos como Turquía, Irán, Somalia, China… Corea.

Y todas, con ligeras variantes, se cocinan con la misma receta. Tome a una chica pobre y un chico rico (al revés también funciona); rodéelos de desencuentros, intrigas, una pizca de policíaco, cierta cantidad de situaciones humorísticas. Ubíquelos en la manción de ella (o de él), vístalos lindo. Para empezar, la chica y el chico deben odiarse y tener cada uno un par de buenos enemigos, una familia opuesta a todo y muchas dificultades de comprensión mutua. Después hágalos enamorarse para que tengan que batallar contra la corriente. En cierto momento, aléjelos, confúndalos. Esta trama puede ubicarse en cualquier época; da lo mismo si los protagonistas visten peplo o andan en jeans. Y deles tiempo. ¿Cuánto necesitan para ser felices para siempre? Depende. Si hornea la receta en Argentina, podrá tomarle unos 300 capítulos. En Brasil, México y Colombia el potaje estará en menos: entre 150 y 200. Cuba es más sobria: con 50 bastará.

Pero todo esto no lo he dicho por gusto. Desde la irrupción solapada y silenciosa del «paquete» semanal los cubanos (sigo obviando los enfoques de género) hemos descubierto un producto altamente atractivo: el dorama.

¿Qué es un dorama? Pues se trata de una telenovela hecha en la República de Corea; Corea del Sur, para ser más exactos. Es un producto de primerísima factura: guiones excelentes, bien pensados, dinámicos; capítulos de una hora donde siempre está sucediendo algo importante todo el tiempo; propaganda comercial disfrazada con suma habilidad; paisajes y entornos bellos, atractivos; música pegajosa; chicos lindos y a pesar de eso, buenos actores; poco o ningún sexo burdo (que los protagonistas se besen es casi un milagro); recreaciones de época sin anacronismos. Hasta los villanos de los doramas encantan… Y lo mejor: pocos capítulos.

Atrapan. Embobecen. Crean hábito. Ves el primer dorama y cuando te percatas estás buscando otro y otro. Y no te importa que el idioma sea tan extraño a tus oídos ni que las costumbres se parezcan tan poco a las tuyas. Te parece lo más normal del mundo que en casi todas la receta sea la misma del dorama anterior, o que la idea de la transmigración del alma se maneje tanto. Ves como una cosa natural que por todas partes pululen sirenas, duendes, dioses de la muerte, diosas de la natalidad. Se te llega a olvidar que todos encierran una oculta apoligía del capitalismo y te das a sufrir con sus heroínas y sus héroes.

Ahora mismo en Cuba se puede comenzar a percibir dos grupos emergentes de perseguidores de telenovelas: los que prefieren los doramas (cada día son más) y quienes solamente consumen novelas turcas. Y a mí se me ocurre preguntarme: ¿por qué está sucediendo? ¿Será acaso que el tan demandado producto telenovelero made in aquí deja bastante que desear? ¿Cuánto hace que no hacemos en el patio una telenovela realmente competitiva? ¿Qué nos hace buscar, en detrimento de nuestra idiosincracia y valores, algo tan poco afín a nuestro ser nacional como los sufrimientos por amor de turcos y coreanos? ¿Será acaso que la necesidad de entretenimiento anda bastante ayuna entre nosotros?

Al parecer ya no nos basta con Pánafilo y sus sarcasmos, o con lo que O Globo, Caracol o Televisa nos han acostumbrado a tragar durante décadas de lo mismo con lo mismo. Y todo indica que seguimos necesitando una pizquita de romance para creernos vivientes de un mundo más gentil. Lo malo es que un día empecemos a soñar con que la vida se nos transforme en un dorama.

 

 



Pérez-Castro

Escritora, narradora, ensayista, guionista radial. Miembro de la UNEAC. Miembro de Honor de la Asociación Hermanos Saíz (AHS).


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