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Cubanos con gusto japonés

Las bombas atómicas cayeron sobre Hiroshima y Nagasaki, pero a sus heridas incurables sobrevivió la esperanza. Tomó forma de grulla en manos de una niña moribunda que, como en la tradición, intentaba conformar mil figuras de papel para salvar su vida. Por eso, con origami y el deseo de un mundo sosegado comienza cada Agosto de Paz en Camagüey.

“Sadako no pudo curarse ni cumplir su objetivo, debido a los efectos de la radiación. Esta historia, ya con tres ediciones, motivó nuestra jornada del 6 al 9 de este mes para hablar de los males de la guerra”, cuenta Juan Carlos Gil Palomino, director de MangaQ´ba, un curioso grupo de admiradores de la cultura japonesa.

En la Casa de la Diversidad Cultural, colaboradora junto a la Asociación Hermanos Saíz, exponen las “Mil grullas por la paz”, porque este proyecto educativo incentiva las manualidades y cultiva afectos humanos de todos los colores.

“El día 9 nos reunimos en el Casino Campestre, cerca de la gruta, a las 8:00 p.m. Siempre hablamos de los hibakusha (personas bombardeadas), vestimos ropa nipona, hacemos un picnic, tomamos té, exhibimos artes marciales y, en el río o en la gruta, colocamos faroles de papel con una velita adentro”, añade el entusiasta.

juan-carlos-gil-palomino-2Juan Carlitos, como mejor se le conoce, lidera otras acciones con valores de la nación oriental. Recientemente lucieron en la galería Gestus, de la Casa del Joven Creador, la muestra colectiva dedicada a los 30 años de los Studios Ghibli.

“Precisamente MangaQ´ba es un juego de palabras con manga o cómic japonés, alude al mangaka o historietista y a nuestro origen. El gusto viene por mi padre, aficionado al cine japonés. Además soy de la década del noventa, y crecí viendo animados como la Princesa Mononoke, El viaje de Chihiro y El Castillo Ambulante”.

Otra jornada desarrollan en abril, cuando los nipones se reúnen para contemplar la flor del cerezo. El evento, con cuatro ediciones, ha sumado homólogos de Matanzas, Sancti Spíritus, La Habana, Ciego de Ávila y Holguín.

“Durante Hanami exponemos artes visuales y marciales, ofrecemos conferencias. Llegamos al “parque japonés” (Camilo Cienfuegos) a comer con palitos, tomar vino de arroz. Lo más popular es el coldplay o fiesta de disfraces del personaje preferido; a la primera vez vinieron 40 personas y a la última, 249”.

MangaQ´ba emana espontaneidad. Descendientes de japoneses le apoyaron desde el principio y encontró un asesor cultural en Orlando García Fajardo, presidente de Kendo e Iaido provincial, y de lo último a nivel nacional.

“El gusto por la animación nos unió en el 2011 y la AHS nos abrió las puertas como proyecto afín a las artes plásticas. Propusimos tres peñas semanales para proyectar animados, enseñar dibujo y practicar manualidades. En seguida logramos buena afluencia de público, se sumaron de muchas edades y abrimos el diapasón hasta donde podemos, por patrones difíciles de entender para nosotros los occidentales”.

El grupo confecciona las tazas, los palitos (hachi), la ropa…; trabaja bonsáis; ha logrado la colaboración institucional y ensancha su horizonte: “Nos apoya el Centro Provincial de Cine, la Radio, el Consejo de Artes Plásticas. Nos auspicia la Asociación. En septiembre daremos cursos en los preuniversitarios. Pretendemos acercarnos a las escuelas primarias, a las de conducta, para trabajar valores humanos. Queremos crecer como sociedad de cultura japonesa en Camagüey”.

Los jóvenes integrantes de MangaQ´ba son universitarios o formados en escuelas de arte, aunque se declaran aficionados a otra cultura, sin perder su identidad.

“Sabemos que no somos japoneses. Buscamos lo bello suyo para nuestro contexto. Aquella es la cultura de la quietud. Nosotros necesitamos esa paciencia. Ellos son muy puntuales, algo que dice mucho de tu palabra, tu seriedad. Aprendemos mucho de su cultura, pero seguimos siendo cubanos también con enseñanzas y valores”.

Pie de foto: Cuenta Juan Carlitos que Sadako utilizó el papel de los botes medicinales y otros que aparecían, pero solo completó 644 grullas. Ella tenía dos años cuando cayó la bomba de Hiroshima, y a los 12 murió debido a la leucemia.




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