mail.google.com

Buenos días... muchas gracias

Foto: Tomada de internet

Este día es un día cualquiera. Lunes laborable; día de salir corriendo porque el tiempo apremia, empieza la semana, el transporte está espantoso y mira qué hora es.

Salgo de casa y en el pasillo del edificio encuentro a una vecina. «Buenos días, Dolores». Silencio. Como si le hubiera hablado a la pared. Mi vecina clava en mí un par de ojos vacíos y siento como su mirada me atraviesa; soy la mujer invisible, porque esa inexpresividad del gesto quiere decirme que solo ve el muro a través de mí, nunca mi cuerpo. ¿Y mi saludo? Se lo ha llevado la brisa.

Tomo el ascensor. A esta hora va repleto de gente impaciente por llegar al trabajo. Ya incómoda por el caso omiso de mi vecina a mi saludo, musito al entrar: «Buenos días». Ni una respuesta. Algunos me observan con esa expresión que −me imagino yo− se le prodiga a un paramesio pegado sobre una placa portaobjetos bajo la lente más potente del microscopio de un laboratorio. Otros sencillamente miran sus zapatos, o los míos, y hay quien sube los ojos por la esquina metálica del aparato, en busca de no sé qué cosa misteriosa oculta tras un remache.

Llego a la parada. Pesco una botella gestionada por el inspector que nos ayuda. «Buenos días… Muchas gracias», le digo al chofer, y él ni siquiera se molesta en mirar por el espejo retrovisor para comprobar quién lo ha saludado. El hombre sentado en el puesto del copiloto sí se voltea y me escruta de arriba abajo… bueno cintura arriba, que es lo que alcanza a ver tras el respaldo del asiento.

Arrancamos. Tres cuadras más allá, el copiloto no aguanta más: «No deberían dejar montar extranjeros en las botellas, Que alquilen un tur…» Me parece que eso va conmigo. A lo mejor lo ha confundido mi tipo rubito, mi piel pecosa y mis ojos azules. Y como si de repente se le hubiera olvidado la discreción, se vuelve hacia mí y me pregunta en un inglés bastante mal pronunciado: «Where do you from?» «Del mismo suyo», le respondo en castizo español y sonrío… «Ah», se disculpa: «Es que como saludó y dio las gracias yo pensé…»

Este breve diálogo no es una historia inventada. Me aconteció esta mañana, pero también me ha sucedido muchísimas veces, en multitud de sitios, en variopintas circunstancias. Han querido cobrarme 1 CUC a la entrada de la Casa Natal de mi héroe paradigmático, hace varios años, porque parezco extranjera. Me han traído abultadas cuentas en moneda dura en ciertos restaurantes. Me han negado aventones en medio de la carretera y a pleno sol por el mismo problema fenotípico. He debido huir despavorida de promotores callejeros que me han propuesto, desde un tornillo de rosca cuadrada hasta eso mismo que usted está pensando.

Pero donde se pone peliaguda la cuestión es a la hora de la cortesía. Y siempre que me sucede, me pregunto si seré yo el bicho raro o si estaré viviendo el tiempo erróneo. Porque cada día que pasa andan más escasas las buenas maneras, esas que nos hacen la vida tan agradable y tan feliz.

Si con toda justicia Cuba puede enorgullecerse de poseer el capital humano mejor preparado del planeta en el ámbito profesional, no está sucediendo así con la cortesía. Intente subir a cualquier ómnibus: le auguro un par de docenas de empujones, pisotones de todos los colores, varios carterazos y ni un “disculpe”. Habrá siempre algún mastodonte bien surtido de musculatura y mala educación que le apartará sin miramientos para subir antes que usted. Una vez dentro, raro será el ente masculino que se digne a levantarse para ceder el asiento a la mujer o al anciano; la mayoría mirará interesadísima por la ventanilla; o fingirá que duerme. Y al bajar, por mucho que usted repita “Permiso” o “Por favor”, deberá hacer buen uso de hombros y codos para abrirse camino a la salida. Ya en la puerta, ándese con tiento, no sea que algún apresurado le haga dar con sus huesos en el bordillo.

¿Ofrecer una mano gentil a la señora que baja del ómnibus? Pocos ya lo hacen, a no ser que la conozcan, y a veces ni así. ¿Ayudar con la jaba repleta a la mujer cansada? Menos; ya pueden verla que no da más; pasarán raudos como vólidos por su lado. Y si se hace necesario interpelar a alguien, deberá usted tragarse el apelativo de “tía” o “tío”, aunque no tenga ningún hermano y por tanto carezca de sobrinos.

Corren tiempos donde las llamadas “palabras mágicas” de nuestra infancia, aquellas que en la familia nos enseñaron con tantísima paciencia, parecen haber desaparecido. Buenos días, gracias, por favor, disculpe, permiso, hasta luego… ¿dónde se habrán metido?

Igual me pregunto a dónde habrán ido a dar la deferencia de separar la silla a la muchacha al sentarse a la mesa, la sonrisa de la dependienta de cafetería o de la recepcionista de empresa, el correcto uso de los cubiertos, el no gritar, el no hablar con la boca llena, el ceder el paso en la acera donde conversan dos, o que el muchacho se aparte para permitir que ella trasponga antes una entrada. “Limón limonero, las niñas primero. / Ceder la derecha, quitarse el sombrero…” La estrofita ha caído en completo desuso; ya pocos niños la han escuchado y menos la ponen en práctica. (Acaba de decirme un colega que ahora se escucha: “Naranja, limón, primero el varón”… ¡Horror de horrores…!!! ¿En qué mundo estoy medrando?).

“La claridad bien entendida empieza por casa”, solía decir mi abuela. Y no estaba equivocada. Es el hogar, la familia, la encargada de sembrar, preservar y mantener las buenas costumbres, la cortesía y el respeto, sin sacudir  todo este trabajo a la escuela y los maestros. Cada cual tiene su rol. Nuestro sistema de enseñanza es reconocido como uno de los mejores y más completos, curricularmente hablando; pero es la casa la responsable de formar ciudadanos cabales y cultos. Porque no habrá educación completa si falta la gentileza.

Y no es suficiente con señalar, porque mucho se habla en estos tiempos de la pérdida de valores ocurrida en nuestra sociedad. Es hora de poner en práctica. Aunque a usted le miren raro; aunque algunos piensen que “no es de aquí”; aunque alguien haya que le responda con una grosería, no se amilane: salude, demande por favor, despídase, dé las gracias, ofrezca disculpas, sonría, ayude al más débil; proteja no importa a quién, desde el niño hasta el gato abandonado, que eso no mata. Cuando estas sencillas prácticas vuelvan a ser de uso común, entonces sí podremos decir que vivimos en el país más culto de la Tierra.

 

 



Pérez-Castro

Escritora, narradora, ensayista, guionista radial. Miembro de la UNEAC. Miembro de Honor de la Asociación Hermanos Saíz (AHS).


7 thoughts on “Buenos días... muchas gracias

  1. Luis Ramirez velazco.

    Acabado de llegar a la sala Mariela P.C me dice en tono de amistad que me lea lo ultimo que había escrito, cuando lo leí me reí mucho por las cosas tan ciertas que decía en su escrito, pero a la vez me dio un dolor saber que todas esas barbaridades son ciertas que mal que estemos en un mundo o en un lugar donde las buenas acciones, los buenos tratos y las bondades se han desaparecido.

    Responder
  2. ClaudiaClaudia

    El problema Mariela es que instrucción y educación, aunque cercanos, son conceptos distintos. Tal vez, tal vez el cubano sea el pueblo más instruido del mundo (o por lo menos con mayor acceso a la instrucción), pero educado, lo dudo. Te digo lo que hago yo ante experiencias similares a la tuya, insisto y repito el buen día hasta que obtenga respuesta, por aquello del que al que no quiere caldo se le dan tres tazas, jaja.

    Responder
    1. Pérez-CastroPérez-Castro Autor del artículo

      Claudia, precisamente esa es mi práctica. Ser cortés hasta el agotamiento, aunque nadie me responda; aunque haya tenido que escuchar comentarios a mis espaldas, muchas veces hasta groseros; aunque parezca que a nadie le importa. Insisto en seguir saludando, en dar las gracias, en pedir por favor, en procurar no atropellar a nadie. ¿Alcanzaremos a rescatar los valores perdidos? No lo sé; pero al menos yo me empeño en no extraviar los míos.

      Responder
  3. Edgardo

    El artículo, además de ameno y bien escrito, es absolutamente pertinente. Vivo en la Argentina y regionalismos aparte, parece escrito para nosotros porque sufrimos acá el mismo fenómeno de descortesía y ausencia de solidaridad.

    Responder
  4. Josvani

    Las causas que nos arrojan a este fenómeno no creo que deban circunscribirse a la educación familiar o escolar. Sin intenciones de justificar y si de analizar les recuerdo también la época: donde vivimos una agitación, una ambición y un egoísmo generalizado que nos conducen a una deshumanización total… incluso la doble moral es otro aspecto a tener en cuenta al cuestionar la decencia.
    Un problemático tema escogiste Mariela, un problemático tema.

    Responder
  5. DIlmert

    Magnífico escrito, en el inconfundible estilo de mi amiga Mariela. Todo lo que se dice aquí es tristemente cierto y lo es no solo por estos lares como demuestra el comentario de Edgardo que dice que en Argentina circula la misma moneda y quiero señalar también otro acierto de este comentario, que en mi opinión es la raíz de este problema “falta de solidaridad” es el mal del siglo como lo fue en el XIX la llamada melancolía, se vive en una burbuja interior desde donde se contempla al resto de la humanidad como intruso en el mejor de los casos sino como un claro adversario. En este caso y en concordancia con lo que dice Mariela en sus comentarios, las palabras de Sn. Agustín siguen siendo ciertas: “hacer el bien es lo mismo que combatir el mal” no hay otra forma que ir contracorriente.

    Responder
  6. Kiuder YT

    Es increíble, pero historias similares las he vivido sin tus pecas y ojos azules. Amiga con color mulato también me pasa, el asunto va más allá desde un comienzo cultural y de respeto mutuo que se va perdiendo a medida que las ciudades crecen como si el ser dejara su esencia humana.

    Gracias por cada palabra tuya que nos hacen reflexionar.

    Responder

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *


3 × tres =