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¡Ay, por favor, que no se nos muera, que no nos falte!

Supe del deceso de Fidel y pensé en Jesús. Es solo casualidad que este camagüeyano lleve el nombre del profeta de los católicos; no pensé en él por motivos religiosos invocados ante la muerte, sino porque lo sé fidelista de alma y convicción. Imaginé la tristeza en ese hombre que anhelaba conocer al Comandante, recordé la entrevista que me concedió hace unos meses en la cual solo deseó que el líder histórico de la Revolución no muriera jamás. Este texto lo guardo desde entonces. Supuse publicarlo en ocasión del 90 cumpleaños de Fidel. Hoy lo comparto con ustedes, en medio de horas de duelo, como un doble homenaje: al Comandante en Jefe y a todos aquellos que como Jesús lo veneran desde cualquier rinconcito del mundo.

 

«Yo no conozco a Fidel personalmente, pero llegué a esto, a lo que soy hoy en día, por la Revolución, por Fidel. Míralo ahí» —dice y apunta un cuadro pequeño que jerarquiza su sala en el que se ve, en blanco y negro, el close up de un Comandante con rostro joven y barba de Sierra.

Quien confiesa tal deuda de gratitud ha ganado a lo largo de sus 75 años de vida un buen número de medallas y condecoraciones: las del 30 y 50 aniversarios de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, la Distinción 28 de septiembre que otorgan los Comités de Defensa de la Revolución, las de obrero Vanguardia del Sindicato Nacional de Trabajadores del Comercio, la Gastronomía y los Servicios…Pero la que conserva con mayor orgullo se la entregaron en 1987: la Medalla Combatiente de la Guerra de Liberación.

Lleva por nombre Jesús Ladislao Ruiz Peña, según confirma su carné de combatiente de la Columna uno del Ejército Rebelde José Martí. Y aunque este documento le merece atención preferencial, él jamás lo usa para acceder a instalaciones y servicios, «porque al final todos somos iguales». Es esa sentencia uno de los grandes convencimientos de Jesús desde que se hizo revolucionario, a finales de los años cincuenta del siglo pasado.

«Mi padre vivía en Guáimaro, era farmacéutico, dueño de una botica. También fue político, llegó incluso a ser alcalde; nunca fue comunista, sino auténtico.

«Mis conocimientos de política, por tanto, se reducían a los deseos de muchacho de que mi padre ganara las elecciones, solo eso. De política no entendía, pero me gustaba escuchar a Chibás junto a mi tío y a mi madre. Sin saber lo que era la ortodoxia, la voz de Chibás me atrapaba. Y siempre a uno se le queda algo de aquello que oía en la radio, y además estaban los tiros que se escuchaban en la calle; esas cosas iban abriendo mi consciencia a lo que ocurría en el país.

«Cuando la Revolución triunfa yo no era comunista aún; eso lo fui después, pero sí era ya profundamente revolucionario».

A los 15 años llegó Jesús a Camagüey desde su natal Galbis, un pueblecito que está justo donde se divide esta provincia con la de Las Tunas y a donde regresó para alzarse al monte a luchar por su Patria.

«En ese entonces yo trabajaba en el Club Atlético que existía frente al estadio. Era un simple trabajador en esa instalación que pertenecía a los socios, gente de buena posición. Aquí comencé a ver lo que hacía el capitalismo.

«Un día vi pasar a Alfredo Álvarez Mola, cuando lo mataron. Eso me impresionó tanto… Yo no conocía quién era ese hombre, su relevancia en la lucha clandestina; me conmoví humanamente ante una muerte, solo eso, y casi por instinto encendí las luces del Club en el momento en que pasaba su cadáver. Luego supe que el acto de encender las luces poseía un simbolismo tremendo, y que Álvarez Mola era un revolucionario extraordinario.

«Después de ese incidente me acerqué a Antonio Nogueras Malpica, que estaba en la clandestinidad, para pedirle que me ayudara a incorporarme a la lucha. Él se negó alegando que era muy joven y estaba solo con mi madre. Recuerdo que me dije a mí mismo: Aaah, ustedes no me quieren enseñar cómo uno se alza, ¿no?, pues mira yo me voy a ir a mi pueblo, que allá seguro sí me lo permiten».

Así fue que vendió la bicicleta que los presidentes del Atlético, de apellido Sabatés, les habían concedido a plazos a los trabajadores. De los 55 pesos que costaba el ciclo originalmente, Jesús consiguió que le pagaran 15. Con eso llegó a Galbis y todavía alcanzó para comprar sogas, sacos para hamacas, víveres y tela roja y negra para que él y seis de sus mejores amigos, que también se alzaron, tuvieran brazaletes del Movimiento 26 de Julio. Brazalete que, por azar del destino de los hombres que coinciden en ideales y lugar, terminaría en el brazo de Faustino Pérez, expedicionario del Granma y líder de la clandestinidad, a quien Jesús encontró en una de las tantas lomas de la Sierra Maestra desprovisto del símbolo por excelencia de los luchadores de la causa revolucionaria.

«Yo no hice ninguna proeza, ni soy alguien grande ni nada de eso. No participé en ningún combate, pero estuve allí; con mis compañeros cogimos a un chivato, cuidamos los puentes, hicimos guardia, cuidamos la columna, y otras misiones así. Después del 59… ahí sí que hice, ahí sí tengo de qué hablar. Yo soy fundador de casi todo; he trabajado mucho por esto. Mi mujer parió seis muchachos y a ninguno los vi nacer porque estaba en la caña o en la milicia» —en la caña o en la milicia, repite varias veces y el ritmo va in crescendo en cada palabra, para expresar con las modulaciones de la voz el no parar de su vida agitada.

Jesús se alzó el 29 de noviembre de 1958; faltaba poco para que la Revolución triunfara. La noticia lo sorprendió en la Escuela de Reclutas de la Tropas Rebeldes en Minas de Frío, una especie de Academia Militar fundada por el Che, según cuenta el combatiente, donde se preparaban por entonces más de 500 muchachos que como él, estaban dispuestos a dar su vida por la Revolución.

Este hombre tiene hábito de coleccionista y la manía de apuntar y atesorar todo cuanto considere importante: almanaques, tarjetas, monedas, sellos, billetes, postales, fotos… En su casa se ha hecho construir un estante de tantísimas divisiones: es un estante de recuerdos. A él los recuerdos se le escurren con frecuencia, y se esfuerza por traerlos de vuelta, baja la cabeza, la mueve — ora a un lado, ora al otro— pasa su mano por la frente, posa sus índices en la sien y al fin recuerda, recuerda todo de nuevo.

Entonces busca entre papeles su memoria más valiosa; pasan cartas, fotos de Marx y Camilo y Ernesto Guevara y aparece Fidel con el fusil al hombro, de nuevo en blanco y negro.

«Es una fotografía muy linda, me la regaló Miguel Cuadrado, el primo de Haideé Santamaría. Me dijo: te la regalo a ti porque tú eres Revolucionario. A mí no me costó un centavo, y es uno de mis mayores tesoros. Me la han querido comprar los numismáticos, desde siempre, pero yo no la vendo por nada de este mundo. Ellos buscan un valor monetario o coleccionable, y para mí esto es invaluable. Cuando vemos a Fidel ahora por la televisión a mi esposa y a mí se nos salen las lágrimas, y solo pedimos: ¡ay por favor que no se nos muera, que no nos falte!»




One thought on “¡Ay, por favor, que no se nos muera, que no nos falte!

  1. Alex Fonte

    Para un joven que nació con esta Revolución como yo es triste resignarse a la idea de no tener a FIDEL vivo físicamente ,pero hoy como seguidor de sus ideas rendí mi adiós a las cenizas que en caravana de inmortalidad llego a mi ciudad, con la vergüenza heredada por Agramonte los camaguyanos nos unimos en un solo grito YO SOY FIDEL voces de todas las edades vitoreamos alto como símbolo de despedida terrenal, con mas convicción que nunca Fidel no ha muerto pues sus ideas y legado vivirán en cada corazón como el mio apostando por un mundo mejor que si es posible mientras exista un cubano que aun aislado diga yo soy Fidel. Y si el que desde cualquier lugar del mundo intenta agredir esto por lo que hoy vivo, sepa que solo recojera el suelo abnegado en sangre si no perece en la lucha . Porque para no luchar habrá siempre sobrados pretextos y sobradas razones en cualquier época o tiempo, pero ese sera el único camino de no alcanzar la libertad plena.Así reafirmaría mi eterno agradecimiento en vigilia donde se encontraba Fidel con Agramonte y un pueblo que los mantiene vivos en cada corazón palpitante de revolución y plena libertad concentrados en la plaza custodiados por la verdad,la vergüenza, la solidaridad,el patriotismo y el antiimperialismo como base de nuestra REVOLUCIÓN. Canciones, consignas, poemas y muchos deseos de defender sus ideas marcaron las horas que no venció el cansancio, ni el sueño. Porque FIDEL VIVE Y LA LUCHA SIGUE.

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