César Brown y su guitarra

Aquella ocasión en que conocí al nuevo Guillén

Por Yuliet Teresa Villares Parejo

Es como si la historia callera encima de los hombros de todos los que tenemos la edad corta. Conocí a un joven, que además de noble, siempre nos saca algo nuevo.

Conocer a Nicolás Guillén, puede parecer complicado. Leer su obra, un poco más. Esta era es de click y no de chances. La oportunidad de refrescar sobre lo que somos, muchas veces es desacertada. Lo cierto es que, algunos pocos, dedicamos tiempo en ello. Redescubrir y re-pensar a autores cubanos, que son de todos los tiempos, es sin duda alguna, uno de los más grandes desafíos. Decir las palabras de un hombre tan extraordinario como Guillén, es sentirse totalmente digno de ser cubano.

Es como si la historia callera encima de los hombros de todos los que tenemos la edad corta. Conocí a un joven, que además de noble, siempre nos saca algo nuevo. Julio César Martínez Brown, miembro de la Asociación Hermanos Saíz en la filial de Ciego de Ávila, es también su vicepresidente. Y, despojándose de todo cargo, su obra musical, es suerte de escudriñar de uno de los grandes poetas cubanos.

De tez negra, afro en su cabeza, y en sus manos el ritmo típico de un buen cubano negro; toma su guitarra y musicaliza uno de los versos más sublimes del autor camagüeyano. Sabe que esta fecha significa demasiado para los poetas. Intenta inmortalizar aquello que le fue dado: el don de la música.

Sabás

Yo vi a Sabás, el negro sin veneno,
pedir su pan de puerta en puerta.
¿Por qué, Sabás, la mano abierta?
(Este Sabás es un negro bueno.)

Aunque te den el pan, el pan es poco,
y menos ese pan de puerta en puerta.
¿Por qué, Sabás, la mano abierta?
(Este Sabás es un negro loco.)

Yo vi a Sabás, el negro hirsuto,
pedir por Dios para su muerta.
¿Por qué, Sabás, la mano abierta?
(Este Sabás es un negro bruto.)

Coge tu pan, pero no lo pidas;
coge tu luz, coge tu esperanza cierta
como a un caballo por las bridas.
Plántate en medio de la puerta,
pero no con la mano abierta,
ni con tu cordura de loco:
aunque te den el pan, el pan es poco,
y menos ese pan de puerta en puerta.

¡Caramba, Sabás, que no se diga!
¡Sujétate los pantalones,
y mira ver si te las compones
para educarte la barriga!
La muerte, a veces, es buena amiga,
y el no comer, cuando es preciso
para comer, el pan sumiso,
tiene belleza. El cielo abriga.
El sol calienta. Es blando el piso
del portal. Espera un poco,
afirma el paso irresoluto
y afloja más el freno…

¡Caramba, Sabás, no seas tan loco!
¡Sabás, no seas tan bruto,
ni tan bueno!

El descubrimiento de las posibilidades poéticas escondidas en la estructura musical y el temple rítmico del son es, pues, el germen de la poesía de Nicolás Guillén y toda su obra, como lo ha señalado Cintio Vitier, gira en torno al eje rítmico de esta música, hasta el punto de tornar a sus páginas principales “las más desnudas y universales en depurados, finísimos sones”.

El son, africano en su ritmo y español en su estructura estrófica de arte menor con un estribillo que lo emparenta con las letrillas, los villancicos y el zéjel, es la síntesis mejor lograda del folclore cubano y su ritmo, que se impuso en la isla en los años 20 con su polifonía musical formada por el bajo, la guitarra, las trompetas y el bongó y un contrapunteo festivo en que el coro y el cantante se provocan y acicatean mutuamente es el vehículo expresivo encontrado por Guillén para poetizar los múltiples aspectos del sentimiento mulato: lo pintoresco, lo plástico, lo supersticioso, lo mágico y, en fin, el drama social de su nacimiento y conformación a través de siglos de mestizaje en la isla.

Remontar la historia en las espaldas de los jóvenes, es sin dudas, caudal de satisfacción. Para recordar fecha como esta, no solo es traer a la memoria, sino a la práctica, al quehacer cotidiano. Tome nuestras ganas de crear en pos de la estricta poesía, que sin dudas nos convierte en mejores personas, o en más humanas.

Aquella ocasión en que conocí al joven trovador Brown, y en el que cantaba canciones hermosas, también fue la oportunidad de ver en sus ojos, a un nuevo Guillén, y la réplica en cuantos jóvenes inmortalicen su memoria.

La relación de quienes nos hemos dejado llevar por la tentación de captar la música que transmiten los versos de Nicolás Guillén abunda en ejemplos de cultivadores que se expresan mediante los más diversos lenguajes musicales pero existe una constante: ese sentido de cubanía sin mezcla ni fusión; ese yo-mío-de aquí que, soplado desde la boca de un tinajón y esparcido por todos los rincones en los barrios habaneros, hizo sentir el golpe de sangre al músico de Remedios, al bayamés, al santiaguero y hasta a la pareja de inquietos peninsulares. Buena fecha para releer a Nicolás y hallar, al son de sus versos, motivos de música que nos acompañen a rememorar otro 10 de julio.

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