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Ante una visita inesperada…, Cuba se vuelve inmensa

Tomado de: Facebook

Foto: Juventud Rebelde
No hablaré de un huracán llamado Matthew. No, no me da la gana. No hablaré del terror que sentimos muchos al imaginar un ciclón con dosis de tempestad, ráfagas de vientos y furia. Y la punta de mi isla lo vivió.

No hablaré de lo que han sentido los habitantes del Oriente cubano ante el impacto del forzudo visitante; un huracán de categoría 4, que les fue con to´.

No hablaré de sus tormentas asociadas, de sus ventarrones peligrosos y hasta de sus hijas: olas gigantes, irrumpiendo como diablos en la orilla de ese lado del Verde Caimán.

No hablaré de plegarias que no fueron escuchadas. Porque el muy maldito aterró. Ya sea por aquí o por allá él golpeó. ¡Qué mal educado y majadero este extranjero, compay!

No hablaré de su poder ni de su furia, ni de su antojo ni de su vagancia por no querer caminar.

No hablaré de ti, Matthew. Ya le dije que no me da la gana. Prefiero sumergirme en el mar de la esperanza, la solidaridad y el optimismo de mi Cuba, tierra azotada por huracanes, que tiene el don de enfrentase cuerpo a cuerpo, face to face, al forastero, pero sin miedos y sí con mucho coraje, de eso que le sobra a muchos y muchas en una Patria bañada de sudor humano, por tanto quehacer ciclonero.

Solo quiero confesarte, Mathhew, que Cuba ante el arribo de visitas como la tuya, es todo un abrazo de gente trabajando, compartiendo lo poco en mucho y latiendo su dolor, pero su futuro también, por doquier.

Y es que el llanto de Juana, el suspiro del viejo Paco y la fuerza de José, ya no lo son tanto, sino empeños pujantes entre hermanos de una misma tierra.

Y rebusco en el horizonte y solo puedo ver en la distancia el apretón de hermanos no biológicos y sí de terruño, el saludo en hombradas de miles de manos jóvenes y no tan jóvenes, porque ya no lo son tanto, sino encalladas, en el pensamiento infinito y responsable.

Y cierro los ojos y los pienso, tal cual la vida ante Ike, Paloma… tu parentela completa, Mathhew. Cómo dolió tu llegada, pero una vez más cómo nos unió.

Porque ante visitas como la tuya, Mathhew, los sueños en Cubita la Bella se vuelven eternos, y el pensamiento vive y Cuba se hace inmensa porque su gente sabe levantarse y combatir lo inimaginable, lo imposible ante pronósticos de muerte.

Cuba vive sin perder ni a uno solo de sus hijos, y eso, más que amor, es convicción de que sí se puede hacer mucho más ante la tempestad.



Yahily Hernández Porto

Periodista, corresponsal de Juventud Rebelde.


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