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Alarmas, alertas, inquietudes

Hace algún tiempo considero la idea de realizar un estudio de representaciones sociales acerca de la Asociación Hermanos Saíz (AHS). Tengo muy cerca todavía los días de desvelo de la tesis de grado de licenciatura en Periodismo, los contenidos de Metodología de la Investigación, Estudios de la Praxis, Psicología General y Teoría de la Comunicación, que tanto ayudan a explicarnos las prácticas de la vida en sociedad. El impulso investigativo, entonces, aún no se va a dormir.

Pero más que por simple curiosidad, más que por aplicar determinadas teorías aprehendidas en clase, la motivación por llegar de manera profunda y científica a las representaciones sociales que sobre la AHS tienen los jóvenes camagüeyanos entre 15 y 35 años (apenas pude evitar formular la idea en forma de problema de investigación), vino a mí por ciertos episodios empíricos que me pusieron cara a cara con el desconocimiento general sobre el qué es la Asociación y a qué dedica su trabajo.

Primero fue mi familia, cuando decidí mudar mi vida desde Puerto Padre hasta Camagüey y con ella mi período de servicio social desde una televisora municipal hasta la redacción del sitio web de una institución cultural. Muchas veces escuché: “¿Vas a trabajar dónde?, ¿en la AHS?, qué es eso, qué hacen ahí”. Muchas veces contesté simplemente: “Es una institución cultural más o menos equivalente a la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) que agrupa a la vanguardia artística juvenil”. Aunque mis parientes no comprendían qué tanto hacía una periodista en medio de eso, quedaron satisfechos con la respuesta. Ahora, por supuesto, es su tarea cotidiana leer este sitio, buscar información, llamarme por teléfono cada vez que suena el nombre de AHS en la televisión cubana.

En ese momento, no me pareció alarmante que mis familiares no supieran cosa alguna acerca de la Asociación, tal vez porque en Las Tunas su presencia no trasciende determinados círculos artísticos, como sí ocurre en Camagüey. La alarma vino después, cuando a diario les explicaba (les explico) a los choferes que amablemente me daban (dan) botella para ir hasta el trabajo, cuál es la labor de esta Institución. La conversación con estos choferes no varía mucho:

—Buenos Días, les digo.
—Buenos días, ¿para dónde usted va, señorita?
—Hasta el Casino, por favor.
—¿Trabaja por ahí?
—Sí, muy cerca, en la AHS.
— ¡¿Dónde?!

Ninguno de ellos, en los cinco meses que llevo pidiendo aventón hasta la AHS, ha sabido con certeza qué es y qué se hace en la Casa del arte Joven cubano. La situación se me hizo preocupante, pero mi mente buscó el equilibrio por esa tendencia inherente a los seres humanos, y así pensé que esos choferes ya pasaban de los 40 años; que la AHS, organización labrada por y para los jóvenes, no contaba entre su universo de representaciones.

Entonces logré estar en calma por unos días, hasta que varios estudiantes de un preuniversitario cercano me abordaron llenos de preguntas. Los muchachos querían participar en las peñas y los diversos espacios que se ofrecen en la Casa; en cambio, algunos concluían que no podían asistir porque ese lugar es solo para rockeros y emos. Otros, y esto es en extremo preocupante, se mostraban inconformes porque en las instalaciones de la AHS se les permite la entrada a personas del grupo LGBTI.

En este punto, señoras y señores lectores, quedé estupefacta. No se trataba ya solo de cuestionarse las estrategias comunicacionales de la AHS, las maneras de promocionar su trabajo, el por qué no alcanza a determinados jóvenes, el qué estamos haciendo desde la filial camagüeyana con los espacios que tenemos cada semana en la radio y la televisión.

Se trataba de preguntarse qué clase de educación reciben estos adolescentes en la escuela, en la casa. Cómo unos jovencitos, a estas alturas del siglo XXI y con todo lo que en materia de respeto e igualdad sexual se ha logrado en el país, piensan de manera tan discriminatoria y aberrante. Esos muchachos, que proponían negarles la entrada a la AHS a homosexuales, no pueden ser los que erijan la Cuba del mañana. Sobre la base de ese pensamiento retrógrado y cismático no crecerá una nación donde la ley primera sea “el culto a la dignidad plena del hombre”. Pero esto es tema para otro comentario.

Los cuestionamientos están sobre la mesa, claro. Si los públicos no conocen el trabajo y las actividades de la AHS de Camagüey, aun cuando cuenta con su sitio en internet, con boletines semanales que divulgan su quehacer, con un programa de radio y otro de televisión, y, sobre todo, con una labor comunitaria diaria y encomiable que lleva a la Asociación hasta barrios y escuelas, pues, señores, algo indiscutiblemente falla en esta cadena de promoción. Se amerita una mirada a lo interno, un repensar nuestras técnicas promocionales para los públicos no especializados o vinculados de forma directa con el mundo del arte.

A veces ocurre, por ejemplo, que se presenta el proyecto socio-cultural Golpe a Golpe, proyecto insignia de la AHS en la provincia, en un determinado barrio de cierto municipio y los que disfrutan del espectáculo no saben quiénes son los artistas, qué representan, de dónde vienen. Ese momento podría aprovecharse para informar acerca de la Asociación; de hecho, es el momento perfecto, porque no se quedaría en palabras o datos vacíos, sino se estaría demostrando con hechos culturales el desempeño de la organización de los jóvenes artistas.

El reconocimiento a la AHS como la institución cultural que reúne a la vanguardia artística juvenil no persigue la popularidad, la fama; no es antítesis del altruismo que caracteriza su trabajo comunitario. El reconocimiento es justo, y a todas luces, necesario para mostrarles a los públicos la verdadera imagen de la Asociación y formar representaciones sociales positivas, edificantes, alrededor de la casa del arte de la juventud cubana.




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